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domingo, 12 de marzo de 2017

EL COMANDANTE BENÍTEZ Y LOS HÉROES DE IGUERIBEN

Monumento en Málaga al comandante Julio Benitez
        
        Últimamente y por culpa de un montón de salvajes anclados en lo más oscuro de la edad media, no paramos de hablar de los moros, musulmanes, mahometanos, islamistas, ismaelitas, agarenos, sarracenos o como puñetas haya que decirlo ahora para que nadie se sienta ofendido. Y esto, el hecho de tenerlo tan en la cabeza, aún sin quererlo, hizo que hace unos días y mientras disfrutaba del sol malagueño paseando por un parque junto a mi mujer, la única y auténtica compañera que a veces es capaz de aguantarme, al descubrir entre una madeja de plantas, algo más salvajes de lo que sería deseable, la estatua olvidada de un viejo soldado malagueño de las guerras de África, me hizo pensar en las muchas vidas que hemos perdido en este sur de Europa y norte de África y el poco valor y reconocimiento que les hemos dado siempre.
Desde que el emperador Otón, allá por el 69 dC y en prueba de afecto, agregó la provincia de Mauritania Tingitana a la de la Bética, convirtiéndose en la Hispania Tingitana (con capital en Tingis -Tanger- o Transfretana (más allá del Fretum -Estrecho-), con más o menos frecuencia y en periodos más o menos prolongados, España ha tenido tierras en el norte de África entre las que desde 1956 dicen ser el reino de Marruecos y otras aún más al sur. Sería muy largo y difícil explicar ahora en tan escueto texto el cómo y el porqué de que en el principio del siglo XX y entre otros territorios, todo el norte del actual Marruecos y con una extensión aproximada de un par de provincias, fuese de dominio español, unos desde el siglo XV y otros de nueva incorporación; pero la cosa es que lo era al igual que el resto de África pertenecía a otras potencias de la época. Y al igual que esas otras potencias, España tenía más de un problema a la hora de hacer uso de esos dominios y de digamos, explicárselo a las tribus locales. En 1921 y en medio de esas explicaciones con las tribus locales, comandadas por un nativo, antiguo funcionario del gobierno español que se consideraba estafado —que algo de verdad había— se produjo lo que ha pasado a la historia como el “Desastre de Annual” y que para no extendernos mucho, diremos sólo que, costó la vida a más de 10.000 españoles que huyeron del territorio y murieron en su mayoría ejecutados tras su rendición bajo palabra de que sus vidas serían respetadas.

En medio de aquel apocalipsis de sangre y sed, donde se perdieron como he dicho muchas vidas de nuestros soldados, de los suyos y de los que cambiaron de bando —que no fueron pocos— estaba el hombre del que quiero hablar hoy. Muchos fueron cobardes o ineptos, aunque estos en su mayoría siempre se escapan con vida y algunos de ellos, los de más alto rango, incluso consiguieron no tener que rendir cuentas una vez que todo acabó. Pero el Comandante Benítez, no era de esos, el fue de los otros, de los héroes que seguros de que luchaban por su Patria y de que debían hacerlo hasta el final, así lo hicieron, Y si bien en algún caso se les rindió tributo, en general quedaron olvidados para siempre y sin ningún respeto a sus actos, ya que sacarlos a la luz era sacar también lo que no interesaba.



El día 2 de julio de 1921 toma el mando de Igueriben, el comandante Julio Benítez. Ha sido durante unos días el jefe que ha mandado valerosamente la defensa del campamento de Sidi Dris y eso les da seguridad a sus jefes. Igueriben es un pequeño destacamento que se ha situado al sur de Annual, donde se encuentra el grueso del ejército de Melilla, con el fin de dar protección a éste contra los asaltos de las tribus rifeñas. Nada más incorporarse Benítez se da cuenta de que aquello, a pesar de haberse fortificado de la mejor manera, no es más que una loma que ni siquiera domina a las cercanas y tan imposible de defender como lo fue la de Abarrán, donde hace tan sólo un mes que cayeron sus defensores.

Destacamento de Igueriben (dibujo de la época)
Se han levantado muros y alambradas y se han cavado trincheras al tiempo que se montaron tiendas para vivienda y almacén, pero allí no hay una gota de agua. Hacia el norte, nada más bajar de la loma, hay un pozo, pero está seco; el agua hay que ir a buscarla un poco más allá, hasta el rio. A diario debe bajarse con las mulas a hacer aguada, los trescientos cincuenta hombres del destacamento consumen más de lo que sería deseable, puesto que al otro lado del río está la colina de los árboles, de algo más de altura que la de Igueriben y desde donde los rifeños llevan casi un mes practicando el tiro al blanco con los nuestros. Benítez comunica todo esto a su general, pero las órdenes son claras, permanecer ahí y defender la posición.
El día 14, las tropas de aquel antiguo funcionario desencantado (Abd el-Karim), formadas principalmente por labriegos que ni siquiera saben por qué están luchando pero que cada vez están más motivados y mejor armados, gracias al material arrancado de las manos de nuestros compatriotas muertos, que junto a las arengas de sus jefes religiosos les hace sentirse invencibles, comienzan a hostigar seriamente el campamento haciendo imposible las aguadas. Los montes y barrancos cercanos se llenan de miles de moros que gritan noche y día moviéndose alrededor de la posición que defienden nuestros soldados, unos más asustados y otros menos pero todos conscientes de lo que se les viene encima. El día 17 el cerco es total y nuestros hombres van ocupando los puestos donde, como nos recordaba nuestro más insigne caballero andante en su discurso de las armas y las letras, “…apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar…” y eso es lo que les esperaba, pues la mayoría no se moverían más de su puesto de guardia.
Guerra del Rif. Soldados defendiendo una posición.
El Comandante ha solicitado ayuda, y en respuesta a ello, desde Annual, tan cerca y a la vez tan lejos, se trata de romper el asedio a los de Benítez enviando un convoy con agua y municiones. Pero nada más salir se dan cuenta de que no les será fácil, están siendo acribillados por el enemigo, el jefe al mando ha sido de los primeros en caer, mientras la subida a la colina se hace interminable. Benítez mueve a sus tiradores para tratar de ayudar cubriendo a la caravana de acémilas que se acerca, pero lo que realmente consigue abrir brecha entre los asediadores, son las cargas del escuadrón de caballería de regulares que da protección al convoy. Muchas quedan en el camino, pero la mayoría de las caballerías cargadas consigue entrar en el reducto que se defiende. El Teniente Joaquín Cebollino, en el límite entre el valor y la locura irresponsable, al mando del escuadrón de caballería, vuelve a atravesar al enemigo, recupera sus heridos y regresar a Annual. Sin duda, esta muestra de valor, entrega y eficacia por parte de los miembros del escuadrón dieron pie no sólo a la merecida recompensa para Cebollino, sino a que más tarde fuese el Regimiento Alcántara, con sus cargas de caballería, el que se encargase de proteger la retirada o casi huida de Annual, lográndolo a costa de sus vidas. Aunque para nada, o casi nada, sirvió al final el sacrificio del Alcántara, al igual que acababa de pasar en Igueriben. El constante bombardeo de disparos a que había sido sometido el convoy, había conseguido que casi la totalidad del agua se perdiera por los agujeros de proyectiles que había en cuantas barricas llegaron. Un día duro, mucho calor y escaso líquido para limpiar del pensamiento tanta sangre como había costado. A partir de este momento no hubo más agua y se empezó a recurrir a beber el jugo de las pocas latas de conserva que aún existían.

Convoy de acémilas en la guerra del Rif
Esa misma noche los rifeños asaltan la posición sin dar descanso a los sitiados. Los artilleros disparan los cañones cargados con metralla hacia donde creen ver algo en la oscuridad, al tiempo que el resto lanza granadas o hace uso de los fusiles. “Esta noche los moros han estado tan cerca que podían escucharse sus insultos a los oficiales y las ofertas para rendirse a cambio de poder marchar libre, pero los nuestros contestaban con gritos de viva España y disparos hacia ellos”, dicen que escribiría Benítez. Al día siguiente y al tiempo que el sol asciende, lo hace también un olor insoportable; durante el combate, las casi 50 mulas del convoy que se encontraban entre los parapetos y las alambradas, han muerto o han sido sacrificadas para evitar que asustadas, lo destrozaran todo tras engancharse en los alambres. Los más de 40 grados del mediodía han hecho que se hinchen y están reventando, al tiempo que lo hacen también los labios resecos de los hombres que mascan mondas de patatas tratando de sacarles algo de jugo.
Conocedores de la situación por las constantes comunicaciones de los asediados, desde Melilla despegan dos aviones, pero lo poco que dejan caer sobre el enemigo no sirve sino para excitarlos aún más. En la loma de los árboles, el enemigo ha instalado un cañón que no para de bombardear la posición causando bajas y destrozos.

Durante la noche los intentos de asalto se intensifican, pero son rechazados gracias a las pocas granadas que les quedan; pero ya no hay más, se han agotado, no aguantarán si siguen así. A las cuatro de la mañana Benítez pide ayuda a la desesperada y en Annual se pone en marcha un nuevo convoy. Tres columnas tratan de abrirse paso, pero apenas han salido se ven obligadas a retroceder; se los están comiendo, el acoso llega hasta casi las puertas del campamento que se ve obligado a usar no sólo sus fuerzas sino incluso las que acaban de llegar de otros asentamientos, para permitir el repliegue.
En Igueriben han pasado el día disparando desde los parapetos, las granadas se acabaron, la munición escasea, quemados por el sol y la sed se han bebido incluso la tinta de los escritorios y se ha recurrido a guardar lo que el propio cuerpo expulsa y endulzarlo para mojar algo los labios; ya no hay asco, sólo necesidad. Todo el mundo tiene una piedra en la boca con la que intenta generar saliva. El día ha sido malo, ha muerto mucha gente y no se ha conseguido nada; mañana será peor.

Cabilas rifeñas asaltando una posición  cercada.
Al caer la nueva noche las oleadas constantes de enloquecidos enemigos asaltan y tratan de tomar la loma que los héroes defienden casi con los puños. Benítez que se gana el respeto de todos, lucha como uno más levantando el ánimo allí donde decae; pero las cargas son tan constantes que pide a Annual que bombardee alrededor del asentamiento. Por una vez, todo sale bien, y con perfección milimétrica los obuses caen alrededor de los nuestros y alejan asustados a los atacantes. El día 20 aunque sin poder abandonar los puestos de tiradores, les da un pequeño descanso. En Annual se ven incapaces de ayudar a Igueriben y temen al ver la multitud que también les rodea a ellos y la escasez de munición que se intuye.
La noche volverá a ser terrible, sólo quedan unos cien hombres en condiciones de luchar; apenas cubren el parapeto. A las peticiones de nuestro comandante, desde Annual contestan: “resistid esta noche, y mañana os juramos que seréis salvados, o todos quedaremos en el campo del honor.”

Lucha cuerpo a cuerpo entre españoles y rifeños.
Amanece el día 21 y en Annual se prepara un nuevo convoy y dos fuertes columnas para protegerlo que parten enseguida. Pero la moral de los hombres y su espíritu combativo son del todo inexistentes, evitan al enemigo, tiemblan, se esconden, están convencidos de que los moros los van a matar, no queda más remedio que retroceder. El general Silvestre, responsable de todo aquel desastre, que acaba de llegar con cuantos hombres ha podido encontrar en el cuartel de Melilla, ordenanzas, camareros, cocineros, carpinteros, herreros y en general más artesanos que soldados, junto a cuantos pelotas y enchufados, que no pudieron pagar las 2000 pesetas que eximían del servicio militar pero sí buscarse un buen puesto en comandancia —aunque siempre se lea por ahí que sólo los pobres iban a la mili, lo más exacto sería, que sólo los bastante ricos se escapaban, pues difícilmente alguien que no fuera rico podía tener en casa lo que vendrían a ser unos quince o veinte mil euros de ahora para que el niño no vaya a filas—, presencia el fracaso de intento de salvar Igueriben y la llegada del último comunicado de Benítez: “Parece mentira que dejéis morir a vuestros hermanos, un puñado de españoles que ha sabido sacrificarse delante de vosotros”. Silvestre contesta autorizándole a parlamentar con el enemigo, a lo que el comandante enfadado responde: “Los oficiales de Igueriben mueren, pero no se rinden”. Más tarde llegaría la orden de evacuar, y nuestro héroe mandó respuesta: “Nunca pensé recibir de vuestra excelencia orden de evacuar esta posición, pero cumpliendo lo que se me ordena, en este momento, y como la tropa nada tiene que ver con los errores cometidos por el mando, dispongo que empiece la retirada, cubriéndola y protegiéndola debidamente, pues la oficialidad que integra esta posición,  conscientes de nuestro deber, sabremos morir como mueren los oficiales españoles”. Se preparó una columna con protección en los flancos, vanguardia y retaguardia, se inutilizó cuanto pudiera ser de provecho al enemigo y se mandó el último mensaje: “Aún me quedan doce cargas de cañón que empezaremos a disparar para rechazar el asalto, contadlas y al duodécimo disparo, fuego sobre nosotros; pues moros y españoles estaremos revueltos en la posición”.
Inscripción en el monumento a Benítez.
Abiertas las puertas la tropa inicia la salida en dirección a Annual mientras los oficiales disparan a cuantos tratan de impedirlo asaltando tanto la loma como a la columna que trata de alejarse.
Las últimas horas de la tarde del día 21 de julio de 1921 ven llegar al campamento de Annual, lo que queda de la guarnición de Igueriben, en el mejor de los casos 36 hombres de los más de 350 que la formaban —aún hoy, como consecuencia de lo que después vendría para Annual, no está claro cuántos llegaron al campamento, pero se cree que entre 14 y 36 —, de los que algunos morirían como consecuencia del atracón de agua que se dieron. El comandante, don Julio Benítez, tras recibir un disparo en el pecho, quedó al igual que sus compañeros oficiales en aquella mal elegida loma. Sólo el teniente Luis Casado Escudero sobrevivió y fue hecho prisionero, tras dieciocho meses de reclusión trabajando en el huerto de su captor, volvería para contarnos la historia. Increíblemente unos años más tarde sería ejecutado a los pocos días del comienzo de otra fatídica guerra, acusado de “actividades antipatrióticas y antimilitares”

La caída de Igueriben fue el detonante mayor para lo que vino después y que, como dije al inicio, ha pasado a la historia con el nombre de “Desastre de Annual” y cuentan que se llevó a más de diez mil españoles. Se ha hablado de la ineptitud del mando en Melilla, de la pasividad del gobierno ante lo que se veía venir, de las carencias tremendas en el ejército que allí teníamos y de su falta de espíritu y su cobardía, pero 15 años de políticas cambiantes y una guerra después, hicieron que todo quedara callado, que siempre hubiera algo más urgente que hacer o aclarar y al igual que se olvidó a los cobardes o ineptos, se hizo lo mismo con los que lo dieron todo. Sirva esto, como mi pequeño homenaje a estos últimos, para traerlos de nuevo al pensamiento y para explicar por qué algunos seguiremos siempre defendiendo hasta el último trocito español por el que tanta sangre derramaron.

domingo, 1 de enero de 2017

ÁRBOL, BELÉN, O QUÉ

            Desde siempre, cada vez que ha llegado a nuestras casas la Navidad, hemos escuchado comentarios sobre si ésta o aquella otra costumbre es la más española, o hemos visto cómo nuestro vecino desprecia tal cosa por ser, según él, foránea  o anglosajona. Incluso comprobamos, sobre todo últimamente, cómo algunos plenos de ayuntamientos gastan su tiempo, ese que tienen para solucionar nuestros problemas, en discutir qué costumbre es la que deben o no seguir; para después saltárselas todas para no herir sensibilidades, sin duda excesivamente sensibles.
            No podremos solucionar esto ni aquí ni ahora, pero si veamos al menos de dónde nos sacamos eso del árbol y el belén y cuál de ellos, si es que alguno lo es, es costumbre nuestra.

Contaba Henry Van Dyke en su libro “The First Christmas Tree”, (El primer árbol de navidad) y otros muchos en otros muchos sitios, que San Wynfrith, —San Bonifacio para los que no entendemos de esto— patrón de los cerveceros, —ése sí que es un dato importante— al que se considera mártir inglés, estaba allá por el principio del siglo VIII tratando de sumar para la fe romana a los paganos frisones y sajones, mientras aquí don Pelayo se las ingeniaba para intentar bajar de su montaña. Y que un buen día se enteró que con motivo del solsticio de invierno, pensaban hacer un sacrificio bajo un roble que creían sagrado. —Cosa muy común por aquellos tiempos, la de otorgar poderes mágicos a un árbol, y no tan rara hoy en día; basta con ver el Carballo de Santa Comba de Pías, en la Coruña o el más famoso árbol de Guernica, ambos robles, por cierto—. Harto de ver como se arremolinaban alrededor del árbol para estas salvajadas, tomó un hacha y se encaminó hacia el lugar. Y parece ser que, a pesar de las advertencias de los allí reunidos sobre los castigos que los dioses derramarían sobre él, comenzó a propinar tajos al tronco hasta dar con la tan robusta planta en el suelo, donde más tarde le prendió fuego consumiendo cuanto podía arder en el lugar.


Sólo un pequeño abeto sobrevivió. Y Bonifacio —que por aquel entonces aún no era santo—, cayó en el mismo error que aquellos a quienes trataba de enseñar. Consideró la incombustibilidad de la conífera una señal de Dios, lo llamó árbol del niño Jesús y permitió que los supuestos nuevos cristianos se reunieran bajo él. Error de Bonifacio que sólo ayudó a que años más tarde Carlomagno aún siguiera por aquellas tierras cortando robles sagrados. —Pero no era el único. En nuestra España, ya desde los primeros años de romanización, se venían prohibiendo esas prácticas y aún en el año 693, en el XVI concilio de Toledo podemos ver que se pena al que rinda culto a los lugares sagrados de los árboles. Está claro que algunos se escaparon—.


Así pues, de una o de otra forma, en Europa, sobre todo en la del norte, se siguió rindiendo culto a los árboles o alrededor de ellos; aunque cada vez más abetos y menos robles. Y fue ya por el siglo XVI cuando el amigo Lutero —aquel que trató de fastidiar al Papa el chollo de vender indulgencias a precio de oro para pagar su Basílica de San Pedro—, impulsó la costumbre de adornar el árbol: manzanas para simbolizar el pecado original y velas para la luz de Cristo.
Lutero y sus seguidores no caían del todo bien en la España de los Austrias, por lo que no es raro que se considerara cosa hereje y extranjera eso del arbolito; y no fue hasta 1870 cuando en Madrid, en el palacio del Marqués de Alcañices, la esposa de éste, una princesa de origen ruso, puso el primer árbol de navidad en nuestro país.

Y en cuanto al belén: Parece ser que fue al primero de los Franciscanos aquel a quien, allá por el principio del siglo XIII, se le ocurrió representar el nacimiento de Cristo, y lo hizo en forma de belén viviente, tras conseguir que el Papa Honorio III, entre cruzada y cruzada, le diese su aprobación. Siguieron las órdenes franciscanas con estas representaciones y alrededor de doscientos años después, en la tierra de Nápoles, cambiaron a los personajes reales por figuras de barro. Se convirtió ésta, en una costumbre que rápidamente imitaron todas las iglesias y monasterios y que poco a poco fue copiada por la aristocracia deseosa de ver también en sus palacios aquellas representaciones que cada vez se hacían con más personajes.

Se propagó a toda Europa, incluida Inglaterra donde años después al decidir Enrique VIII enfadarse con el Papa porque no le dejaba hacer lo que se le venía en gana, se prohíben y se queman los belenes; hasta el punto de que en 1.601 sale a la luz un decreto por el que se condena a muerte a aquel que no cumpla la prohibición. En la España peninsular, si bien cuentan que ya desde 1.471 existía un taller de figuras en Alcorcón, no es hasta la llegada de Carlos III que desde Nápoles se trae su afición, cuando se difunde, alcanzando el resto del imperio en poco tiempo, movidos todos por su deseo de copiar a la nobleza.

Si bien lo del árbol parece tener origen cristiano tratando de tapar un culto que no lo era tanto, no gustaba aquí mucho por aquello de ser fomentado por el hereje Lutero y el sólo hecho de que el belén no fuese del agrado de los hijos de la pérfida Albión ya nos hacía sentirlo más nuestro, y aunque nacido en Nápoles, tierras de la corona eran a fin de cuentas, por lo que fácil es entender por qué siempre se dijo que lo español es el belén y no el árbol. Pero la verdad es que, si no queremos tener duda de que la celebración la hacemos al modo español, lo mejor será ir a la Misa del Gallo, que desde que en el siglo V el Papa Sixto III la instauró, de una u otra forma y en menor o mayor medida, se ha celebrado cada año en las tierras de nuestra España. Por cierto que nada tiene que ver con ningún gallo, sino tan sólo con que los romanos llamaban así, “el gallo” o “el canto del gallo” al momento en que se pasa de un día al siguiente, o sea, las doce de la noche.

Si lo que se pretende es buscar el adorno no religioso, la parte civil o laica de la fiesta, me temo que será difícil, téngase en cuenta que lo que se conmemora, aunque nos podamos equivocar en las fechas, es el nacimiento de Cristo, no el solsticio de invierno. Para eso otro, mejor nos buscamos un roble.

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA EMPRESA DE INGLATERRA (Mal llamada Armada Invencible)

Parece estar de moda mostrar en público nuestro desconocimiento de la historia, —eso cuando no nos empeñamos en cambiarla al gusto; — Y es que no paro de encontrar afirmaciones sobre tal o cual hecho histórico, a cual más increíble. Hace unos días fue que el muro de Berlín estaba en América separando a ricos y pobres, y hoy otra barbaridad sobre la “Armada Invencible”. No voy a explicaros dónde está Berlín, así que trataré de narrar, de la forma más escueta posible —cosa harto difícil —, qué ocurrió en esa empresa de nuestra armada. Dudo realmente que sirva para ayudar a esos que nadan en tan grande ignorancia, pues no creo que se molesten ni tan siquiera en leer; no obstante y con el fin de ayudar a quien lo busque, he aquí el flotador que les lanzo.
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Estábamos atravesando eso que alguien unos doscientos años más tarde llamaría “siglo de oro” y aunque dicen que lo hizo al referirse a la poesía, yo creo que más bien pensaba en el que se malgastó tratando de mantener una iglesia que, al menos en el resto de Europa, no parecía tener ganas de quedarse. Éramos los dueños de medio mundo, gobernado por un rey que entre sus muchas virtudes no contaba con la de la tolerancia religiosa, por lo que real que llegaba de América, real que se empeñaba para defender la fe a mamporros. “No quiero ser rey de herejes aunque pierda todos mis estados”, fue lo que dijo un día, y con eso queda claro por qué los terminamos perdiendo. Enfrascados en guerras por toda Europa no prestamos la suficiente atención a una diabla pelirroja que habitaba la isla que está al norte; la jodida Isabel I que no paraba de regalar patentes de corso a cuantos piratas quisieran hacernos la vida imposible, y que al tiempo que nos ponía buena cara, procuraba financiar y apoyar a los que se levantaban en Flandes.
Al bueno, o malo —que eso es cuestión de gustos— de Felipe II se le inflaron un poco, y decidió poner fin a tanta osadía poniendo en marcha lo que llamó “La empresa de Inglaterra”, que básicamente consistía en crear una gran armada que cargada con nuestras tropas llegara hasta la mismísima torre de Londres enseñándoles modales.


El más grande de los marinos de la época, don Álvaro de Bazán, se encargó del proyecto. Tras un primer diseño rechazado por no llegar los cuartos, en 1588 comienza a reunirse en la desembocadura del Tajo la que será llamada “Grande y Felicísima Armada”, que lastimosamente, incluso aquí, llamamos hoy “Armada invencible”, después de que algún hijo de la gran Albión con ganas de cachondearse  se encargara de rebautizarla; ¿qué le vamos a hacer?, en esta España nuestra siempre hemos sido de quedarnos con lo de fuera antes que con lo propio. Hace más de un año de la primera idea y los ingleses que ya tienen conocimiento de lo que se pretende, fabrican barcos como locos para hacernos frente, al tiempo que repentina y un tanto misteriosamente, don Álvaro, nuestro almirante, el temido por los ingleses, enferma y muere. ¿Blanca mano venida de más allá del canal?
Los mejores están en la empresa, cualquiera puede mandarla de sobra, pero esto es España y sin Bazán todos se van a empeñar en tener la razón. El problema es pequeño pues está claro que Dios está con nosotros que sólo queremos restablecer la verdadera fe. Así que nuestro magno rey Felipe, el segundo, pone al mando a Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, quien dice no tener ni idea del arte de la guerra ni mucho menos de navegar y que además, se marea. Pero Alonso es duque, lo que le da la valentía y el conocimiento necesarios para cualquier empresa y como ya he dicho la victoria o derrota sólo depende de Dios y no de esas menudencias.

Al final de mayo de ese año la Grande y Felicísima Armada pone rumbo a Finisterre, con unos víveres que se pudrirían antes de abandonar las aguas propias, —alguno hizo fortuna vendiendo como alimento de marinos lo que era malo para los cerdos—, con la cuarta parte de los barcos que en principio proyectara Bazán, anticuados y preparados para la navegación en el Mediterráneo y no en el mar del Norte. Los planes han cambiado también, en lugar de transportar un ejército desde España, se dirigen a Flandes dónde se embarcarán los Tercios que allí se encuentran, y al mando de Farnesio invadirán la isla de los herejes.
El 30 de julio 122 barcos se acercan al canal, se nos han quedado 8 por el camino, lo que nos da una idea de en qué vamos montados, de ellos sólo aproximadamente la mitad son de guerra y de éstos, sólo 20, galeones modernos, el resto transportes. Al acercarnos a la costa descubrimos que la flota inglesa que nos supera en número aunque no en potencia de fuego, ni mucho menos en redaños, está fondeada en la bahía de Plymouth. Y aquí surge el primer problema; nuestros hombres de mar y guerra dicen que hay que aprovecharse de su falta de maniobrabilidad ahí dentro, y machacarlos a todos ahora que tenemos el viento a favor. Pero la sapiencia que da un ducado o la falta de lo que a los marinos les sobra, hace que el de Medina-Sidonia ordene continuar rumbo a Flandes.
La flota inglesa, unos 190 barcos en total, con sus 34 galeones modernos en cabeza nos sigue de cerca. Navegamos en formación de media luna, con los galeones en el exterior defendiendo y el resto en el centro con el duque bien protegidito. Pronto nos dimos cuenta que los ingleses hostigaban desde lejos con pequeños cañones de largo alcance, pero no se acercaban a tiro de los nuestros que tenían más genio pero peor vista; y cuando algunos galeones detenían su camino a fin de hacerles frente, los hijos de Isabel I rehuían el combate, lo que irritaba a los nuestros que hasta alguna palabrilla aprendieron en la lengua de Britania para despacharse a gusto. Era imposible alcanzarlos con nuestras andanadas que caían al agua antes de llegar, y una lluvia de hierro se nos venía encima cada vez que hacían fuego. Pero era de tan pequeño calibre y tan lejana que en los 7 días que entre disparos se tardó en llegar a la costa de Calais donde se fondeó, sólo se sufrió la baja de dos barcos; uno por la accidental explosión de su santabárbara, y el segundo por colisionar contra otro. El duque decidió abandonarlos a su suerte, que lógicamente fue para sus ocupantes el filo de las cuchillas inglesas y puso a marinos y oficiales en contra de su jefe.
Fondeados en aquellas aguas, el de Medina-Sidonia envió mensajes a Alejandro Farnesio para que procediera al embarque de las tropas. Pero ni los hombres ni los pertrechos estaban aún en disposición de hacerlo, y además, no pensaba poner en peligro a sus tercios en una maniobra tan arriesgada mientras no se limpiara la costa de las naves enemigas que acechaban. Esa misma noche y aprovechando el viento favorable, los ingleses lanzan 8 embarcaciones en llamas y cargadas con pólvora contra la armada, que tras conseguir desviar sólo a dos de ellas, se ve obligada a levar anclas incluso cortando los cabos y perdiéndolas en muchos casos. Con esto se evitó un mal mayor y ningún barco sufrió daños.
La mañana del día 8 los vientos contrarios habían dispersado la flota y los ingleses aprovecharon para acercarse a aquellos que se encontraban más aislados. Las prisas en la fabricación de nuestros cañones, o el robar unos reales,  hicieron que éstos fueran defectuosos en gran número y estallaban por los aires llevándose por delante a cuanto hijo de vecino se encontraba cerca. Además nuestra idea de guerra entre barcos era anticuada e igual a la de tierra; se soltaba una andanada y después se abordaba al enemigo como el que asalta un castillo, por lo que nuestros cañones no estaban pensados para un segundo disparo y montaban cureñas pesadas de sólo dos ruedas que  hacía muy difícil recargar en combate. Los ingleses que temían a nuestras espadas nunca permitieron el cuerpo a cuerpo, por lo que la mayor parte de la lucha hubo de ser a base de fuego de culebrinas de largo alcance, en lo que nos superaban en casi cinco a uno. No obstante el duque mandó aguantar la formación al resto de la flota y no acudir a los puntos de lucha, lo que para algunos fue acto de cobardía. —Aunque con las herramientas que teníamos para jugar, no sabemos si no fue lo mejor—. El día siguiente, la que para los ingleses es su gran victoria en la batalla naval de Gravelinas, había terminado con tan sólo la perdida de tres barcos y no habría ya más lucha. Una tormenta arrastraba nuestras naves contra las playas de Zelanda donde se perderían  encallando, pero cuando todo se pensaba perdido, Dios se acordó de que un montón de españolitos creían luchar en su nombre e hizo rolar el viento, lo que permitió salir de nuevo a mar abierto.
El duque reúne a sus capitanes porque no sabe qué hacer. Los vientos no permiten a nuestros anticuados barcos regresar al punto de encuentro con las tropas de Flandes, y la falta de anclas en muchos de ellos impide fondear de nuevo. Unos quieren buscar puerto más al norte donde esperar hasta que se pueda hacer lo previsto, otros plantar cara a los ingleses con lo que se tenga; pero Alonso Pérez de Guzmán, el VII duque de Medina-Sidonia, cansado del mar y de la guerra que no le gustan, dice que las órdenes eran embarcarlos donde no se ha podido y que por tanto se regresa a España.
Ni el viento ni la flota inglesa nos permiten volver por donde vinimos, así que con una armada compuesta por multitud de tipos diferentes de embarcaciones, salvo los galeones todas ellas pensadas para las tranquilas aguas mediterráneas y no las del mar del Norte, nuestro almirante en funciones manda rumbo norte con la terrible intención de rodear las islas. Los ingleses no se lo pueden creer, no les queda ni una libra de pólvora con la que dispararnos y el miedo hacía días que los tenía levantando barricadas en el Támesis, pero los españoles se van para no volver.
Las próximas semanas fueron terribles, la falta de agua para la travesía que se esperaba, hizo al duque ordenar lanzar por la borda a los caballos que podrían haber servido para paliar el hambre que más tarde vino. Las continuas críticas de los militares a su mando, hicieron que mandara colgar del palo a uno de sus capitanes para calmar a los marinos y que él mismo, según decía, se sintiese enfermo. Tenía prisa, no quería saber nada más de la expedición y quería terminar cuanto antes, así que cuando ocurrió lo que ya se había visto antes y los barcos más lentos o peor preparados para aquellas aguas comenzaron a quedarse atrás, tiró del dicho popular ese de que cada perro se las apañe por su cuenta y  sin mirar atrás continuó camino con los pocos que podían seguir su estela.
Dijo Felipe II una vez acabó todo, que había mandado sus naves a luchar contra el enemigo, no contra los elementos. Y es que ni el lema de la armada que decía “Álzate Señor y defiende tu causa”, ni el diario rosario obligado por ley en todos los barcos, sirvieron para calmar las tempestades que en las siguientes semanas y entre la costa norte de Escocia y la sur de Irlanda, dieron con 24 (hay quien dice que hasta 30) de nuestras naves en las piedras; desde donde destrozadas vomitaban a los pocos supervivientes que conseguían mantenerse a flote y nadar hasta tierra. Tierra plagada de ingleses que pasaban a cuchillo a los pobres desgraciados que ansiaban pisarla. Los irlandeses, (al menos los católicos), esperaban nuestra llegada que les ayudaría a librarse del yugo que sentían, pero sólo pudieron ver cómo a unos de los nuestros los destripaban indefensos y otros se ahogaban sin remedio. Al contrario que nosotros, en aquellas rocosas costas, ellos aún hoy los recuerdan y homenajean de vez en cuando.

Las cifras en esto de la historia son siempre un lío en el que no se ponen de acuerdo, —cosa muy española—, por lo que por lo menos yo, no tengo claro cuántas fueron las embarcaciones que a lo largo de septiembre y octubre fueron apareciendo en nuestros puertos cántabros. Lo que sí está claro es que nuestro señor duque, don Alonso Pérez de Guzmán, con bastantes menos redaños que aquel su antepasado de Tarifa al que llamaron “El Bueno”, fue el primero en aparecer; y con una fuerte depresión y sin esperar nada, huyó del problema refugiándose en sus  dominios andaluces donde se afanó en olvidarlo todo.

Claro está que no ganamos aquella empresa, como a pesar de los intentos de la pelirroja por evitarlo se dijo durante largo tiempo en las tierras de nuestro vecino francés, —extraño con lo mal que nos querían,— y claro está también que el genio de Poseidón lo puso difícil. Pero aún está más claro que ésa a la que la pasividad española y la leyenda negra nos han obligado a llamar Armada Invencible, estaba ya perdida desde el momento en que nuestro buen Marques de Santa Cruz don Álvaro de Bazán murió preparando algo a lo que el resto de España, empezando por el rey, no dedicó más esfuerzos que los de un montón de rosarios.

No tardaron ni un año los ingleses en presentarse en nuestras costas con una flota aún más grande, ellos decían venir a destruir cuantos barcos se reparaban en nuestros puertos y a tomar Lisboa, pero yo creo que venían a por lo que no pudimos darles en el canal. Y ya se encargó María Pita, en La Coruña, de pagarles, o más bien pegarles, cuanto les debíamos y devolverlos a su casa con el rabo entre las piernas. Pero ésa, que fue la mayor derrota naval de la historia inglesa, a la que llamamos “Contra Armada”, haré como ellos y me la callo, o la dejo para otro día.

domingo, 6 de noviembre de 2016

DON RODRIGO (El rey que perdió su reino, su espada y su tumba)

¡El Rey ha muerto! Ese era el grito que se escuchaba en las tierras de Toledo.
Año 710 de nuestra era; el rey Witiza  ha muerto y para nuestra desgracia o al menos la de aquellos que compartieron  su tiempo, lo ha hecho demasiado pronto. No tiene ni treinta años y su hijo mayor Agila, tan sólo diez; lo que dificulta seguir con una costumbre que se empezaba a extender entre los Godos; la de heredar la corona. A pesar de ello una parte de los nobles lo reconoce como su rey; pero no por lealtad a él o al muerto, sino porque será más fácil aprovecharse de un chaval y conseguir así su propio reino, dividiendo Hispania. El resto, los que quieren el reino unido, misteriosamente no echa mano a la otra costumbre bien extendida, la que Gregorio, un obispo de Tours llamaba “la enfermedad de los Godos” que básicamente consistía en tajarle la garganta al rey entrante si no gustaba y buscar otro; sino que tras reunirse, decide a la antigua usanza votar un nuevo rey que sea capaz de gobernar y unir a todos. —Hay que reconocer que fe, tenían un rato—



         Este nuevo rey será Roderico, o Rodrigo, que al caso da lo mismo; nieto de rey e hijo de un tal Teodofredo el Duque de la Bética con casa en Córdoba, dónde hoy tiene una calle pero nadie tiene ni idea de quién fue. Rodrigo dicen que era también primo de Pelayo, quien todos sabemos que tendrá importante papel en nuestra historia; pero eso será en otra, no en ésta. La cosa es que, lo que se pretendía no funcionó, y el reino godo de Toledo se dividió estallando la guerra civil en la península  — no sería la última—
         Un año más tarde la situación se ha normalizado, los partidarios de Agila, vencidos han agachado las orejas acatando al parecer la nueva situación y los que no lo han hecho se han retirado junto a él  al nordeste de la península —alguno dirá que ahí empezó el separatismo—; todos menos Oppas, su tio y obispo de Sevilla —ya lo diría años más tarde aquel viejo hidalgo: “con la iglesia hemos dado”—. Oppas se ha ido a Ceuta –que sí, ya era cristiana–, donde junto al gobernador, un tal Olian o Julián, que lo mismo da, pactan con un joven imperio musulmán que, venido de las tierras al otro lado del Nilo, lleva casi un siglo enfrascado en eliminar lo que del Bizantino queda en la orilla sur del Mare Nostrum. Pactan, la forma de ayudar a Agila a sentarse en el trono de Toledo derrotando a Rodrigo y de paso llenar ellos la cartera, la bolsa o lo que diantres usasen los de aquellos años, para guardar los dineros. No sabemos que hizo que el tal Julián estuviese en contra del Rey; aunque una bonita leyenda habla de las correrías de Rodrigo tras la hija del gobernador, que bien podría ser la causa, seguramente ésta no fue tan romántica y debemos pensar más bien en el parentesco que algunos dicen existía entre los conspiradores, o en los que siempre la terminan liando; el dinero y el poder.
         Sólo había pasado escasamente un año desde que Rodrigo fue ungido como Rey de toda Hispania cuando un ejercito al mando de un tal Tariq desembarca en lo que más tarde y en su honor se conocería como Gibraltar (montaña de Tariq) –Una montaña con nombre de invasor está claro que nos iba a seguir dando quebraderos de cabeza— Avisado el Rey y tras una pequeña batalla en que las tropas de su sobrino son derrotadas, prepara para la defensa un ejercito capaz de enfrentarse a los invasores que ya cuentan con unos 10.000 o 15.000 soldados en terreno cristiano y se expanden hacia el oeste.  En unos tres meses Rodrigo consigue reunir un ejército que dobla en tamaño al del invasor y se dirige a su encuentro comandándolo. Pero no es oro todo lo que reluce en las filas del Rey; la urgencia en parar el avance musulmán ha obligado a reclamar ayuda de los nobles que fueron partidarios de Agila en la sucesión, que Rodrigo cree leales ante una invasión extranjera, y entre ellos forma Oppas y sus mesnadas.
        Estamos en pleno mes de julio del año 711, y las tropas del rey cruzan las aguas del Guadalete; —Este sitio nos vale a nosotros; aunque a día de hoy los historiadores siguen sin ponerse de acuerdo en si es la ubicación real— Al otro lado les espera Al Tariq lugarteniente de los ejércitos de Musa, gobernador del norte de África en nombre del califa de Damasco. Como siglos antes dijera otro general al cruzar un lejano rió, la suerte estaba echada; pero en este caso Rodrigo desconocía las cartas.



         Parece ser, según cuentan los cronistas de ambos bandos, que el cristiano disfrutó poco de su superioridad numérica y que nada más organizarse ambos frentes para la lucha, las alas del ejército de Rodrigo cambiaron de bando, perdiendo éste toda posibilidad de victoria y quedándose seguro con cara de lelo. Masacre y desbandada  definen lo que allí ocurrió en poco tiempo; parte de los defensores se reagruparon en Écija donde fueron barridos nuevamente y de otros se dice que huyeron más al oeste.
         No era la primera vez que un pretendiente al trono godo pedía ayuda allende sus fronteras para conseguirlo. Pero éstos que habían venido no eran los bizantinos del norte de África ni los francos del otro lado de las montañas con quienes alguna vez se pactó; fuese cual fuese el acuerdo, lo que encontraron aquí les gustó lo suficiente como para olvidarse de él y decidir quedárselo. En el 716 muere Agila escondido en sus reductos de la antigua Tarraconense y Septimania.
         El reino de Rodrigo había desaparecido, aunque paradojas del destino y tras la muerte de su esposa, su hija Egilón se casa con el nuevo gobernador de lo que llaman Al-Andalus y fruto de ellos será Ben Abd Al Aziz Omar, nieto de don Rodrigo rey de Hispania, que llegará a ser califa de Damasco.

Más o menos todos sabemos que unos años más tarde, en el 718 Pelayo el que creemos primo de Rodrigo, había empezado a hostigar a los musulmanes que se acercaban a las montañas asturianas y lo que despacito y poco a poco vino después. Pero, ¿y Rodrigo?, ¿qué pasó con Rodrigo?, nadie nos dijo que fue de él, y esto es lo que a mí me interesa. Unos cuentan que una vez acabada la batalla se encontró su caballo como un acerico repleto de saetas y dardos en la orilla del Guadalete y junto a él la armadura del rey. Otros hablan de una loca huida hacia el norte con la intención de reorganizarse para tratar de parar el avance del moro –sí sí, moro, de mauro, de la antigua Mauritania que no es nada despectivo o que no se pueda decir, como algunos se empeñan; otra cosa es la intención que cada uno quiera darle a sus palabras (aunque la verdad es que estos eran más bien árabes que moros) –. Lo primero que se quita a un herido en la batalla, es la armadura con el fin de ver la gravedad de las heridas y poder tratarlas, y cuerpo no apareció ninguno; de haber sido así, tanto moros como rebeldes se habrían encargado de que la “proeza” llegara a conocerse. Pensaremos pues que aunque quizás herido, huyó, y trataremos de seguirle el rastro.
         Los ejércitos musulmanes una vez que nos machacaron en el rió y después de hacer lo mismo en Écija continuaron su incursión hacia el norte lo que debió de impedir que Rodrigo se retirara en línea recta hacia Toledo y le obligó a desplazarse al oeste. El primer rastro que encontramos de él está en Sotiel Coronada, paso casi obligado en aquellos tiempos si querías cruzar el Odiel, gracias a su puente romano. Cuenta una leyenda que se escucha por aquellas tierras que, llegó Rodrigo junto a su guardia, malherido y seguido por los ejércitos invasores, y nada más pasar el puente se refugió en una ermita, donde murió. En aquel lugar encontramos hoy la ermita de la virgen de España que data del siglo VI, por lo que estar, estaba ya allí, y donde un placa cerámica moderna nos recuerda que otra, desaparecida, situaba en ese lugar la tumba del rey. Si hacemos caso a la gente de Sotiel, nos quedamos sin historia, así que seguimos buscando con rumbo de huída hacia el norte.



Sabemos que Muza, ese que dijimos gobernaba el norte de África, una vez supo lo bien que le iba a su lugarteniente, cruzó el charco y se puso en camino hacia Mérida. Si pensamos que lo hace siguiendo a lo que queda de la guardia del Rey y buscamos en esa dirección, nos encontramos con que si en esa época Rodrigo quería pasar el Tajo tan al oeste, debía de hacerlo por Alcántara, donde un solemne puente romano mandado construir por Trajano, se lo ponía fácil. Y mire usted por dónde, casualmente allí nos encontramos otra leyenda que habla de él. Según los alcantarinos, aquí llegó el rey godo y como consecuencia de sus heridas murió en la fortaleza que hacía siglos existía. Su cuerpo siguió rumbo norte pero aunque no se sabe muy bien el porqué ni el cómo, su espada quedó colgada bajo el más alto de los arcos del puente. Puente, y eso si lo sabemos seguro, que hasta el siglo XII fue conocido como “de la espada”. En el año 868 un tal Ibn Jarr, —o algo parecido—, viajero y cronista del mundo árabe, cuenta sorprendido la majestuosidad de la obra del emperador hispano, y que suspendido de él cuelga un sable intacto por siglos del que se desconoce la historia. Colega del anterior, el geógrafo Al-Zuhri, pero esta vez en el siglo XII, tras describir el puente de los césares, como él lo llama, nos dice que hay en él, o junto a él, una torre, y en su cima clavada en la piedra una espada que nadie puede sacar más de tres palmos y que al soltarla entra en ella como si lo hiciera en su vaina. A saber qué de verdad tiene la leyenda de la espada y cual de ellas; y a saber también de dónde sacarían los hijos de Albión la leyenda de la espada de Arturo.  



Otra vez nos hemos quedado sin rey; pero esta vez de entre las nieblas en las que se mezclan las leyendas con la historia, sacamos la batalla de Segoyuela. En el año 713 Musa conquista Mérida y continúa su camino hacia el norte, suponemos que acosando a Rodrigo. Éste se ve obligado a abandonar su refugio en Alcántara y sigue subiendo en nuestro mapa buscando protección en la Sierra de Francia, en la hoy provincia de Salamanca. Cuentan que allí, al norte de esa sierra y en los llanos junto al pueblo de Segoyuela de los Cornejos se libró la última batalla del reino godo en campo abierto. Hay historiadores que dicen que esta batalla tan sólo es una leyenda, pero también los hay que aseguran que nunca hubo ninguna invasión árabe. Lo que sí que es cierto, —sólo hay que ir y preguntar— es que a día de hoy, en el siglo XXI, aún esperan los chiquillos de Segoyuela que se sequen en verano las numerosas charcas que existen junto al pueblo, para ver si en una de ellas encuentran el anillo del Rey o su espada, que cuentan se hundió tras la derrota. Otros afirman también, que de la charca de Segoyuela surge, no sé qué noche de cada año, una mano que ofrece la espada a aquel que sea capaz de empuñarla contra los invasores. –¿Otra que nos robaron los ingleses?– Alguien debió recoger la espada ya hace años, pero de todas formas les advierto que son muchas las charcas que hay cerca de Segoyuela.



Los cronistas dicen que Musa una vez se hizo con el control de las tierras salmantinas, marchó hacia Toledo. Puede que estuviese cansado, puede que llegaran los fríos, pero también puede que esta vez sí hubiese acabado con el motivo de tanto correr hacia el norte.
Si desde este punto en que parecen terminar las leyendas que hablan del rey que resiste, nos dirigimos hacia el océano; nos encontraremos pronto con la que según algunos documentos al menos en el siglo XII ya se conocía como "Roderic Civitatem" (Ciudad Rodrigo) e igualmente descubrimos en la zona otras pueblos como Aldearrodrigo o Castelo Rodrigo. Si comparamos este hecho con otros semejantes como la abundancia de topónimos acabados en “del Cid” en la zona del antiguo reino de Valencia y tenemos en cuenta que aquella zona de Salamanca al igual que la de Sotiel son las dos de España donde más abunda el nombre de Rodrigo, a pesar de que hay quien habla de un conde llamado Rodrigo González Quirón que fue señor de aquellas tierras allá por el año 1100, todo ello nos da que pensar. —¿fue el Conde el que dio nombre a la zona o fue otro el que hizo que fuese común allí y por eso gustó a la señora Condesa-madre.
Al oeste de esta “tierra de Rodrigo” encontramos la ciudad romana de Beseo, hoy Viseu dónde una pequeña capilla restaurada completamente en el siglo XVIII llamada Sao Miguel do Fetal,  nos muestra una inscripción que reza “Aquí jaz Rodrigo, último rei dos Godos” y nos cuenta la última leyenda; según la cual, perdidas todas las batallas Rodrigo se refugió aquí donde pasó sus últimos años.
Sea como fuere, en Viseu se nos acaban las leyendas del rey que perdió su reino, su espada y su tumba.