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miércoles, 24 de febrero de 2016

EL SOLDADO MIGUEL

Quiso Dios, al parecer, llenar esta Patria nuestra de héroes, o al menos en otros tiempos. Aunque sin duda también se le derramó el bote de los gilipuertas sobre esta preciosa tierra y últimamente no paran de salir a flote. Son todos estos últimos los que dentro de unos días cuando conmemoremos la muerte de quien ahora nos ocupa lo tacharán de pendenciero, ladrón, aprovechado y hasta homosexual, que de todo eso he oído ya. Y no seré yo quien diga que no, pero sí recordaría aquello que dijo otro héroe acerca de estar libre de pecado para tirar la primera piedra. Y también pediría que cuando nos creamos historiadores e investigadores de lo oculto, juzguemos los actos en el contexto en que se realizaron; las cosas cambian mucho cuando te están dando palos.
Quizás por eso que intuyo que vendrá (espero equivocarme), o quizás porque al cumplirse 400 años de su muerte no veo que se le rinda el tributo que creo merece, he decidido contar algo de él y rendirle mi pequeño homenaje. A estas alturas ya la mitad de los lectores deberían saber de quién estamos hablando, si no es así la cosa es aún peor de lo que creía y más necesario hablar de ello. Sí, voy a hablar de Cervantes, pero no del escritor ni del Quijote, eso ya lo conocen hasta los jóvenes de los Institutos de hoy en día, a pesar de lo poco que se les enseña. Voy a tratar de ver al Miguel soldado a quien al igual que magistralmente empuñó la pluma, antes lo hizo con la espada.
No puedo plasmar aquí la biografía al completo pues necesitaríamos un nuevo Quijote o un Rocambole para contarla medianamente, pues así, como la vida de estos dos fue al parecer la de Miguel, llena de aventuras y sucesos que la condicionaron de tal manera que en multitud de ocasiones estuvieron a punto de dejarnos sin el más grande las letras. Voy directamente al fruto que quiero que probemos y aquel que necesite saciarse más, sé que no tendrá problemas a la hora de buscar dónde.
            Después de una juventud corriendo con sus padres de una ciudad a otra debido, al parecer, a la precaria situación económica de la familia y sus intentos de mejorarla, en 1566 los Cervantes terminan instalándose en la nueva capital del reino donde Miguel empieza en el mundo de las letras.  Pero quiso el destino, la mala cabeza de la juventud, los líos de faldas o vaya usted a saber qué, que tres años después nuestro joven Miguel se enfrentara en duelo a un tal Antonio de Sigura a quien hirió en el mismo y que como consecuencia de ello fuese condenado a sufrir diez años de destierro y la amputación de la mano derecha por hacer uso de las armas (eso eran condenas y no lo de ahora). A pesar de conservarse una providencia de Felipe II en que se manda prender a un tal Miguel de Cervantes por los hechos narrados, hay quien lo pone en duda y dice que no, que no se trata de él. Pues vale, pues bien.
            No debió de gustarle la idea de perder la mano, (y demos gracias por ello) así que a final de año nos lo encontramos en las tierras italianas de dominio español al servicio del Cardenal Giulio Acquaviva con quien a pesar de sus muestras de agradecimiento posteriores, está claro que tampoco se sentía en su salsa, ya que rápidamente y provisto de certificado de cristiano viejo ingresa en el Tercio del Maestre de Campo don Miguel de Mocada, compañía de Diego de Urbina. Está claro que no eran los antecedentes penales lo que se pedía por aquel entonces y que Felipe II a pesar de ser el soberano del mundo no conseguía que se le oyera mucho más allá de El Escorial donde debía de estar dando voces al maestro de obras.
7 de Octubre de 1571, la república de Venecia que ve peligrar su comercio marítimo debido al dominio de aquellos mares por parte del Imperio Turco y sus corsarios (los temidos Barbarroja y compañía) y el Papa en su constante lucha contra el hereje han convencido a nuestro rey, quien cree que después le tocará a la zona del norte de África que es lo que a él le interesa, para unir las flotas y borrar de la superficie de las aguas la estela de las naves del islam. Y allí, en el flanco derecho de aquella armada de más de 200 bajeles que comandaba don Juan de Austria, hermanastro del rey, hijo bastardo del emperador Carlos V y donde se encontraba toda la flor y nata de la milicia de la época, así como cuantos nobles, caballeros y dignidades pudieron hacerlo, (por aquel entonces ir a la batalla en defensa de Dios, de la Patria o del Rey aún era un honor perseguido, aunque más tarde se solucionó pagando para que fueran los pobres en su lugar) a bordo de la  Marquesa, galera de las del mando de don Juan Andrea Doria, en la cámara y enfermo de calenturas (dicen que de malaria) yacía nuestro mozo de veinticuatro años cuando avistada la flota turca se dispone todo para el combate. Don Juan de Austria cuentan que salta de galera en galera  (difícil de creer) levantado la moral a los hombres con una arenga que termina de esta manera: “Hijos, a morir hemos venido; a vencer, si el cielo así lo dispone. No deis ocasión a que con arrogancia impía os pregunte el enemigo ¿dónde está vuestro Dios?  Pelead en su santo nombre; que muertos o victoriosos gozareis la inmortalidad”

Ante semejante espectáculo que se avecina “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan los venideros”, escribiría más tarde Miguel, y teniendo en cuenta que si además salía mal en el mejor de los casos terminaría cargado de cadenas de por vida o en el fondo del Jónico, no es de extrañar que a pesar de los ruegos de sus compañeros y la indicación de su capitán para permanecer bajo cubierta, por no encontrarse en condiciones de guerrear o por ser la fuerza de socorro, que permanece bajo cubierta y aparece en apoyo en los momentos de compromiso, la que como soldado bisoño le correspondía (los lugares de riesgo y por tanto de más honor, son para los veteranos) dicen que Miguel (y existe testimonio escrito de ello) se puso en pie y rogó a su capitán que le colocara en el lugar más peligroso, y tras decirle éste que se quedara tranquilo donde estaba, repuso: “Señores ¿qué se diría de Miguel de Cervantes? En todas la ocasiones que hasta hoy en día se han ofrecido de guerra a su majestad, he servido como buen soldado; y así ahora no haré menos, aunque esté enfermo y con calenturas.”  Fue pues destinado con doce hombres a defender la zona del esquife una de las más importantes para el control de la nave y por tanto de las más atacadas. Empezada la batalla las galeras turcas que les superan en un cincuenta por ciento atacan entre otras a la Marquesa y allí, donde deseaba, en lo más recio de la pelea, en la zona del esquife, Miguel y sus compañeros de gloria reciben una lluvia de fuego de arcabuz que paran con sus cuerpos; recibe dos heridas en el pecho y una en el brazo izquierdo; tratan de apartarlo del combate mostrándoselas pero él henchido de bravura les grita “El soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga… Las heridas del rostro y de los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra” y ahí continuó hasta que terminó todo (justamente lo mismo que cualquier mandatario de hoy haría en defensa de los intereses de España).
Digan lo que digan quienes se encargan de quitar merito a los actos de los demás y a pesar de que la mayoría de los datos de que disponemos fueron narrados por Miguel o extraídos del interrogatorio (que se conserva en el archivo de indias) de testigos que el mismo y su padre aportaron para optar a un puesto de relevancia en América; debió de ser sin duda meritoria la actuación del joven Cervantes, cuando en una batalla en la que se estima intervinieron más de 100.000 soldados y en la que hubo más de 30.000 muertos y 14.000 heridos, el propio don Juan de Austria se interesa por uno de estos últimos, por Miguel y además le concede cuatro ducados de aumento de los de su paga. Y debieron ser grandes también las heridas sufridas cuando se temió su muerte primero y al parecer necesitó hasta seis meses para recuperarse en la ciudad de Messina. Paradojas del destino, condenado a perder la mano derecha por la corte de Felipe II, escapa y es en defensa de los intereses de éste cuando pierda la izquierda. Aunque no la perdió físicamente y parece ser que aunque inútil, tampoco lo era del todo; hasta el punto de que si bien lucía con orgullo el apelativo de “El manco de Lepanto” por lo que ello significaba, también es igual de cierto que había quien lo nombraba como “El manco sano”.
Cuenta una tradición popular que el Papa Pio V durante el tiempo que duró la expedición se dedicó al rezo del rosario y que el día de la batalla salió de su capilla anunciando que la Virgen había concedido la victoria a la cristiandad. Una vez se confirmó el triunfo sobre el hereje turco, instauró la celebración de la Virgen de las Victorias. Años más tarde Gregorio XIII cambio la denominación por la de Virgen del Rosario y desde entonces el 7 de octubre y en conmemoración de la victoria en Lepanto los católicos de medio mundo rezan el rosario aunque la mayoría de ellos sin saber el porqué.
Vencedor y más o menos manco en Lepanto, Miguel no se retira (no debía de existir aún el cuerpo de mutilados del ejercito o la pensión no sería buena) sino que continua en esa incipiente “infantería de marina” y en la que se le une su hermano pequeño Rodrigo. Junto a él y aunque tenemos poco que nos cuente lo que hizo, estuvo en las expediciones navales de Navarino y Corfú y lo que es más importante en la conquista de Túnez.

En la noche del 7 de octubre de 1573, dos años después de la gloria de Lepanto, una nueva armada a las ordenes de don Juan de Austria se aproxima a la costa de Túnez y junto a las ruinas de la antigua Cartago don Álvaro de Bazán manda desembarcar hombres y pertrechos, entre los 2.500 que lo hacen, los hermanos Cervantes, que al igual que el resto de valientes españoles supieron tomar la ciudad en poder de los corsarios berberiscos, sin un solo arcabuzazo. Repuesto el rey que había demostrado ser buen vasallo de España (aunque no tanto para los tunecinos) y mejoradas las defensas de la ciudad, la armada se retira ante el miedo a los vientos del invierno.

En el año 1575 Miguel parece que pretende mejorar su situación social y económica dentro de la milicia; consigue unas cartas de recomendación ante Felipe II del mismísimo don Juan de Austria y del Virrey de Nápoles en las que se alaba su actuación y con las que espera conseguir su promoción al grado de capitán. Así que el 20 de septiembre ambos hermanos embarcan en la goleta Sol con destino a los reinos de la península ibérica.
Parece ser que una tormenta separa a nuestra goleta del resto que componían la flotilla en la que buscaban protección y la obliga a navegar en solitario y el día 26 de septiembre ya a la altura de Marsella, dicen unos, o de la costa catalana según otros, (mucho correr me parece a mí) tres bajeles de corsarios berberiscos (pues la palabra pirata aún no estaba muy en boca) al mando de Arnaut Mami les dan alcance y tras una lucha encarnizada en la que entre otros muere el capitán de “la Sol”, los supervivientes son apresados y conducidos a Argel. Las cartas de recomendación que se encuentran en poder de Miguel, lo convierten automáticamente en presa importante a los ojos de su captor, lo que eleva el normal rescate exigido por cualquiera de 5 a 500 ducados (con el tiempo subiría aún más) pero también le conserva la vida en varias ocasiones y junto a su mano “semi-muerta” le libera del trabajo de galeote o del maltrato en la esperanza de cobrar tan rica suma por su persona.

            Podría decirse que aquí, y gracias a Arnaut Mami, termina la vida militar de los hermanos Cervantes, soldados de los tercios. Un albanés que renegó de su fe cristiana y se convirtió en uno de los corsarios más temidos del mediterráneo, (en manos de Juan, el abuelo de Miguel, que fue juez de la Santa Inquisición, podía haber caído éste). Si bien debemos añadir que como buen guerrero cumplió Miguel con esa premisa que tan en boca y en uso estuvo después durante la segunda guerra mundial y que dice que el deber de todo soldado prisionero del enemigo es tratar de escapar. Hasta cuatro veces intentaría la fuga, por tierra y por mar y si bien el castigo normal por ello era la muerte, sin duda el deseo de su dueño por cobrar el rescate, le mantuvo con vida.  Dos años después de ser apresados la familia consigue el dinero para rescatar a Rodrigo, pero no será hasta el 19 de septiembre de 1580 cuando a través de las ordenes rescatadoras su madre consigue el pago y la libertad de Miguel (otra persona a la que debemos el tener al más grande de las letras, por traerlo al mundo primero y por rescatarlo después).

            Cinco años de cautiverio habían pasado y diez desde que saliera de España. Vuelve para encontrarse una familia totalmente empobrecida a la que renunciando a su carrera militar tratará de sacar adelante, primero con un cargo en Ámerica que no consigue y después como comisario real de abastos para la Gran Armada que junto con otro cargo posterior de recaudador de impuestos lo que le reportarán será más presidio.
Hasta el siglo XVII no empezarán los Cervantes a ver el fruto de su obra literaria y si bien la aparición del Quijote en 1605 le dio la fama inmediata, no evitó que siguieran pasando con lo justo y no fue hasta poco antes de morir cuando Miguel supo a través de un censor que le envió el relato de una conversación en el séquito del embajador francés, que había creado algo nuevo y que contaba con el reconocimiento internacional a quien sorprendía que España no tuviese a aquel hombre en un pedestal. Al menos fue un pequeño reconocimiento en vida.
Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…” Esto fue quizás lo último que escribió Miguel quien moría entre el 22 y 23 de abril de 1616

España nunca supo reconocer y premiar a sus grandes hombres y Miguel jamás pudo quitarse de encima el yugo de ser hidalgo, soldado y pobre; porque además como todos ellos nunca dejó de sentirse soldado y estar orgulloso de ello, como al menos yo deduzco de esa mezcla de amor y odio, en sus quejas y alabanzas en el discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras y del que no siendo capaz de destacar un párrafo o de resumirlo, me veo obligado a adjuntar aquí al completo como muestra del pensamiento de su autor y que todo militar incluso de hoy estoy seguro entenderá.

CAPÍTULO XXXVIII
Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras

Prosiguiendo don Quijote, dijo:

—Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es más rico el soldado, y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con solo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche para restaurarse de todas estas incomodidades en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de estrecha: que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas. Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su ejercicio: lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo que quizá le habrá pasado las sienes o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y cuando esto no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba y que sea menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello: ¿cuán menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda habéis de responder que no tienen comparación ni se pueden reducir a cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tres letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados, porque de faldas (que no quiero decir de mangas) todos tienen en qué entretenerse. Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio. Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados que a treinta mil soldados, porque a aquellos se premian con darles oficios que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a estos no se pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven, y esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios, y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago y otras cosas a éstas adherentes, que en parte ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el estudiante, en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado que, hallándose cercado en alguna fuerza y estando de posta o guarda en algún revellín o caballero, siente que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? Solo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si este parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventaja el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas no le queda al soldado más espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si este también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.

martes, 29 de diciembre de 2015

SEGEDA, LA MURALLA ESPAÑOLA QUE DIO INICIO AL AÑO


El día primero del mes de enero, comienza un nuevo año, pero, ¿por qué? ¿Qué tiene de especial el uno de Enero?
Si nos vamos al inicio del uso del Calendario Romano veremos que ya en los tiempos en que Roma no era más que una pequeña ciudad con un rey, usaba este calendario y que fue Numa el sucesor de Rómulo en el trono el que añadió los meses de enero y febrero a un año que hasta entonces sólo tenía diez meses y se iniciaba en los idus de marzo, (el día 15 más o menos). Pero llegado el año 46 a.C, Julio Cesar instaura uno nuevo, el Juliano, que comienza cada año en las calendas de enero, (principios de mes), y que duraría hasta finales del siglo XVI. El mes de Martius (Marzo) si era un mes lógico para el inicio del año. Marzo es el primer mes después de los fríos invernales, del inicio de la primavera, del comienzo de la nueva campaña tanto agrícola como de la guerra, el mes de la elección de los nuevos representantes de Roma. Marzo era el mes del inicio del año y del inicio de todo. ¿Qué pasó entonces entre la época del amigo Nuna y la de Julio Cesar para que cambiaran ese inicio y por qué? Pues muchas cosas, menudos eran los romanos con 600 años de por medio.
Gracias a los estudiosos, historiadores y cronistas no tendremos que recorrer esos seis siglos para encontrar la solución a nuestras preguntas y podemos ir directamente al tiempo, lugar y circunstancias que dieron como consecuencia el cambio del inicio del año. Como no podía ser de otro modo eso ocurrió aquí en España o Hispania y fueron los españoles o hispanos el origen o causa de ese cambio.
Corre el año 179 a.C en la península ibérica que aún no termina de ser la Hispania romana pues el dominio no es total ni mucho menos. Los bellos, un pueblo celtibero con capital en Sekaisa o Segeda, —lo mismo da como la llamemos— lo que hoy quedaría dentro de la provincia de Zaragoza entre las poblaciones de Mara y Belmonte de Gracián, firman un tratado de paz o más bien sumisión con Roma a quien tributan anualmente y quien ante las continuas revueltas no les permite fortificar las ciudades. Pero en el año 154 a.C esto al parecer se ha olvidado o a algunos les importa un bledo y el rey Caro de Segeda decide ampliar el territorio amurallado o elevar la altura de las defensas actuales, la cosa es que Roma lo considera una ruptura del acuerdo y lo declara “casus belli” o motivo suficiente para tratar de exterminarlos. Tampoco está muy claro lo que fue, ya que los que nos lo contaron después fueron los romanos y algún griego como Polibio quien atribuye el origen de la guerra a las condiciones insoportables impuestas por la administración romana. Sea como fuere la cosa es que, la invencible Roma  decide reiniciar una guerra contra las tribus celtiberas de aquella zona y para eso cree que el mejor es Quinto Fulvio Nobilior, hijo de conquistador y por lo tanto bueno de necesidad. Pero nos encontramos ya en otoño cuando todo esto se lía, los que vienen ahora son los fríos que no es buena cosa para iniciar una campaña y si esperamos al inicio del año, allá por marzo, para nombrar al nuevo cónsul, mientras éste se hace cargo de sus legiones y se desplaza hasta Hispania habremos dado demasiado tiempo de ventaja a los bellos que ya se han unido a los Titios y pronto lo harán a los Arévacos (los de Numancia). Así que el senado romano que tiene unas ganas que no puede de aplastar a los levantiscos hispanos decide saltarse a la torera las normas y dando por finalizado el año nombra a su nuevo representante para las calendas de enero y de esta forma con el inicio de la primavera Nobilior ya se encontrará en Hispania al mando de 30.000 legionarios. En una época en que las campañas militares eran el principal cometido de los cónsules romanos y en que la falta de medios adecuados hacía impensables en la mayoría de los casos que esas campañas se realizaran fuera de los meses de buen tiempo, el senado vio rápidamente lo acertado  del inicio del año consular en el mes de enero, que permitía realizar todos los preparativos y desplazamientos de tropas antes de la llegada del tiempo de guerrear por lo que se instauró esta fecha, el 1 de enero, como la del inicio del año y así quedó hasta nuestros días.
Sólo un rastro nos ha quedado de aquel año que se iniciaba en el mes de marzo, así septiembre, octubre, noviembre y diciembre no son el séptimo, octavo, noveno y décimo mes como de su nombre debería deducirse, sino que se sitúan dos puestos más adelante al pasar enero y febrero a los primeros lugares, pero al menos nos lo seguirán recordando mientras no encontremos otro Julius o Augustus a quienes recompensar dando su nombre a un mes.
Visto esto, está claro ya que el inicio del año actual se fraguó en España, no podía ser menos, pero en lugar de algo tan idílico y digno de celebrar como la llegada de la primavera, el inicio de la siembra y la preparación para un nuevo ciclo de la vida, lo que dio origen a ello fue una supuesta sublevación o el intento de acabar con la independencia de quien se negaba a someterse, que terminó en un largo baño de sangre.
Alguno habrá aprendido el porqué del inicio del año en enero y del descuadre en el nombre y orden de los meses, pero quizá haya nacido en él la duda de qué pasó con los bellos de Segeda y el ejercito de Nobilior. Para eso y ya desde los tiempos de Heródoto existen lo que llamamos libros de historia, pero no seré cruel y ya que la idea era contar esas pequeñas anécdotas del pasado y responder dudas, no crearé otras y terminaré el relato aunque sea de una manera sucinta.
Pues bien, a partir de la primavera de este primer año de inicio en enero, el 153 a.C, las tropas de Roma en las provincias de Hispania, se encuentran dispuestas para la batalla y recibiendo más de un castigo por parte de los lusitanos en las tierras de lo que hoy sería Zamora e incluso más al este, lo que anima y da esperanzas a los bellos, que no obstante abandonan temporalmente Segeda ante tanto romano y buscan refugio algo más al oeste, en la Numancia de los Arévacos. Pronto las noticias de los triunfos lusitanos y de los abusos romanos hacen que el pueblo celtíbero se una en el deseo de plantar cara a Roma, y que cuando el día 23 de agosto, día del dios Vulcano, miles de legionarios en columna y al mando de Nobilior se dirigen hacia Numancia con la intención de tomarla al asalto y destruirla, el ejercito de Caro de Segeda, en lugar de esconderse temeroso, aprovechando su conocimiento del terreno y la prepotencia y seguridad de los romanos que les hacen tomar pocas precauciones, consigue sorprender a la columna en un paso estrecho donde cayendo sobre ella causan más de 6.000 bajas entre las que se encontraría el propio Nobilior  de no ser por la carga heroica de su caballería que le ayudó a huir con el rabo entre las piernas.  El desastre fue tan tremendo para Roma que esta fecha sería declarada como día nefasto y recordada siempre por las legiones que la consideraron poco menos que maléfica y ningún general romano después lucharía ese día a menos que fuera obligado. Las tropas de Caro, quien por cierto sí murió en esa primera batalla, se retiraron a Numancia en busca de refugio. Frente a esta ciudad, al llegar el otoño, tras reorganizar sus legiones y una vez recibidos refuerzos procedentes de África entre los que se incluían elefantes, Nobilior monta un campamento con la intención de asediarla. Pero más cabreado que nunca y viendo que se le escapaba la posibilidad de obtener su triunfo, pues el final del buen tiempo se acerca a pasos agigantados y con ello también el fin de su mandato, decide tratar de asaltarla. Cuentan que el impacto de una roca sobre la cabeza de uno de los elefantes que hasta ese momento tenían atemorizados a los asediados, hizo que éste se volviera contra las líneas romanas pisoteando a cuantos legionarios encontraba a su paso y que esto envalentonó a arévacos y bellos que decidieron realizar un temerario contraataque que hizo retirarse al cónsul hasta su campamento nuevamente derrotado. La cabezonería de Nobilior le obligó mantener el asedio a pesar de la llegada del invierno y de la falta de medios para soportarlo, lo que volvió a diezmar sus tropas hasta que con el nuevo año fue relevado del cargo y, humillado por unos pastores y agricultores de Hispania, emprendió su regreso a Roma.
Si bien hubo algún nuevo tratado de paz, lo cierto es que el abuso de los mandatarios romanos que en su mayoría sólo pretendían regresar a Roma cargando con los laureles del triunfo, hizo que Numancia y los bellos de Segeda se mantuvieran rebeldes hasta que veinte años más tarde, el último de los Escipiones, Escipión Emiliano, tras tres meses de resistencia, arrasara la ciudad. Pero esa es otra historia de la que a lo mejor hablamos algún día.


A pesar de que Nobilior en sus descargas de ira e impotencia se encargó de destruir y arrasar la vacía ciudad de Segeda y de que otros Nobiliores modernos continúan a día de hoy destrozando el patrimonio, podemos aún, si nos acercamos a la zona, ver algunos detalles que nos marcarán su ubicación, así como restos de aquella muralla en construcción por cuya causa el mundo entero inicia el año el día uno de enero sin tener ni idea de ello.

jueves, 10 de diciembre de 2015

DIOS ES ESPAÑOL Y LA INMACULADA DE INFANTERÍA.


Contaba un viejo paisano mío hace ya casi 600 años, un tal Juan Alfonso de Baena que debería de ser bastante más conocido de lo que es, que: “segund que disponen é determinadamente afirman los filosofos é sabios antiguos, natural cosa es amar é desear é cobdyçiar saber los ommes todos los fechos que acaesçen en todos los tienpos, tan bien en el tienpo que es ya pasado, como en el tienpo que es presente, como en el otro tienpo que es por venir”  En cuanto a lo del porvenir no digo yo que no, aunque sólo sea por aquello del resultado de la lotería, pero de lo pasado, de la historia, parece que ese “codiciar saber” ha decaído un poco en los últimos seis siglos; hasta el punto de que ya ni siquiera sabemos el porqué de nuestros actos. Celebramos fiestas de las que ni tan siquiera conocemos el origen, simplemente es fiesta y con eso ya nos vale; no veo mucho deseo de conocimiento yo ahí, como no sea el de conocer que día no tengo que trabajar.
Trataré de aportar algo de ayuda a aquel que aún sigue las disposiciones de "los sabios antiguos", narrando la épica historia que dio lugar a la celebración cada 8 de diciembre del día de la Inmaculada Concepción.

El día 7 de diciembre de 1585, en plena guerra de Flandes, el tercio español comandado por el Maestre de Campo don Francisco Arias de Bobadilla fue cercado en la isla de Bommel entre los ríos Mosa y Waal, en la actual Holanda. Sin víveres, sin ropa de abrigo y casi enterrados en el barro helado, estaban a la merced de la flota del almirante Holak que les rodeaba y cuya artillería no podrían soportar mucho tiempo. Ante la evidencia, el almirante holandés hace una propuesta de rendición honrosa a los españoles a lo que Bobadilla contesta: “los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra, ya hablaremos de capitulaciones después de muertos”.  Ante esta respuesta los rebeldes deciden abrir las compuertas de los canales inundando los campos y obligando al tercio a retirarse al monte Empel, única tierra que quedó sobre el nivel del agua. Ordenó el comandante español construir empalizadas y zanjas, más para tumbas que para trincheras, según cuentan comentó algún soldado. Y fue durante esos trabajos y cavando el barro con las manos que un soldado encontró una tabla pintada con una imagen de la Inmaculada Concepción. Bobadilla interpretó el hallazgo como una señal de protección Divina, o siendo rápido y vivo de mente como le supongo, supo aprovechar la oportunidad que el destino le daba para subir la moral; improvisó un altar para la imagen, la arropó con las banderas del Tercio y arengó a sus soldados para que combatieran por Ella diciéndoles: "¡Soldados! El hambre y el frío nos llevan a la derrota, pero la Virgen Inmaculada viene a salvarnos. ¿Queréis que se quemen las banderas, que se inutilice la artillería y que abordemos esta noche las galeras enemigas prometiendo a la Virgen ganarlas o perder todos, sin quedar uno, la vida?" En medio de la desesperación, el sufrimiento, la tristeza y la certeza de la muerte, había un rayo de ilusión y esperanza que hizo que los cinco mil hombres que perecían en aquel montículo gritaran al unísono: “¡Si, queremos!”


            Esa misma noche se levanto un viento frio que parecía dispuesto a acabar con las esperanzas de los españoles, pero que con el paso de las horas y a pesar de la apertura de las compuertas hizo que las aguas del Mosa comenzaran a helarse permitiendo que se caminara sobre ellas. Percatados de esto los españoles y al mando del capitán Cristóbal Lechuga comienzan el asalto a los barcos holandeses que tomados por sorpresa caen fácilmente unos y levantan el cerco otros ante el miedo de quedar atrapados en el hielo.
            En el fuerte a orillas del rio el temor hacía estragos en la moral de los holandeses que veían como sus naves caían en manos españolas; convirtiéndose en una desbandada al verse ellos mismos asaltados por unos Tercios que tras las penurias pasadas y por la rabia acumulada durante el asedio parecían poder acabar con todo aquel que se pusiera en su camino.
            Entre aquellos que huían se encontraba el almirante Holak quien según cuentan nos dejó la frase de aquella batalla: “Tal parece que Dios es español al obrar para mí tan grande milagro”
            Más tarde hubo de dar explicaciones de aquella derrota que ya se había dado por victoria y ante los argumentos de que tan sólo eran cinco mil españoles cercados, el almirante contestó: “cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes y cinco mil caballos ligeros y cinco mil gastadores y cinco mil diablos”
            En la mañana del día 8 de diciembre se alcanzo la completa victoria y ese mismo día sobre el barro helado del monte de Empel, cinco mil andrajosos y hambrientos infantes celebraron misa dando gracias y por aclamación de todos ellos fue nombrada la Inmaculada Concepción Patrona de los Tercios de Flandes e Italia y se fundó una Cofradía con el nombre de “Soldados de la Virgen Concebida sin Mancha” siendo Francisco Arias de Bobadilla su primer y orgulloso cofrade.
            En 1644 Felipe IV declara el día 8 de diciembre fiesta de guardar en todo el imperio. Posteriormente será Carlos III quien proclama a la Inmaculada Concepción patrona de todos sus reinos con lo que esta fiesta se extiende a medio mundo. Y por último en 1892 es nombrada patrona del arma de Infantería del Ejército Español.

            A día de hoy y si tenemos la suerte de poder viajar por aquellos parajes, veremos que a pesar de la humillante derrota, los holandeses han sabido conservar la memoria y existe una pequeña capilla que conmemora el hecho en el lugar donde ocurrió y en la que encontraremos a la Inmaculada Concepción rodeada de banderas españolas. Lo que sí que no han sido capaces de conseguir es, aclarar cómo pudieron congelarse las aguas del Mosa en una sola noche hasta el punto de que se pudiera caminar sobre ellas.

Ahora y una vez saciado el deseo de conocer los hechos pasados, podrá el que quiera celebrar la fiesta religiosa, la hazaña militar o simplemente saber al menos el porqué de no tener que ir a la oficina.

viernes, 27 de noviembre de 2015

El GRAN ESCUDERO DE LA VEGA DEL GENIL


El 2 de Diciembre se cumplen 500 años de la muerte de Gonzalo Fernández de Córdoba o Ferrández o incluso Hernández, que para todos los gustos hay entre los historiadores tanto de ahora como de entonces a la hora de dar nombre a nuestro héroe, aunque lo más lógico habría sido Fernández de Aguilar como también aparece en documentos de la época. Sea como fuere, Gonzalo pasó a la historia como el Gran Capitán debido a sus éxitos militares en la península itálica y no a los de la conquista de Granada, donde si bien tuvo un papel sin duda importante, por su cercanía a los Católicos monarcas, habría quedado oculto en el tiempo si no fuera por lo que vino después y gracias a la intervención de otro héroe que se perdió en las nieblas del olvido.
¿Quién era este otro héroe?, ¿qué hizo por nuestro Capitán? También en esto hay algunas dudas, aunque es fácil entenderlo entre papeles con tanto polvo acumulado. Existen dos versiones de la historia que si bien difieren poco en lo importante, sí lo hacen en algo que estaría bien conocer, el nombre del protagonista; así que nos centraremos en aquello que ambos historiadores o cronistas parecen dar por bueno:
En las escaramuzas producidas durante el asedio a Granada, siendo Gonzalo uno de los capitanes al servicio del rey Fernando, y mientras mantenía combate en la vega del rio Genil contra un grupo de guerreros del reino Nazarí, vio que cabalgaban hacia ellos un gran número de jinetes que reforzarían ese pequeño grupo enemigo contra el que mantenían combate en igualdad. Pasó Gonzalo al otro lado de una acequia y se enfrento a los moros mientras mandó a sus hombres huir diciéndoles: “Gocemos oy señores del error de los enemigos que tan descauillados vienen y seamos capitaneados de vergÿuenza y no de temor, que si comunicamos el ardid, no participemos el huir y nuestra huida bolvamosla en ira y demos vuelta”  Mientras todos giraban sus cabalgaduras y emprendían la huida, Gonzalo vio cómo su caballo herido caía a tierra dejándole indefenso ante las huestes que se acercaban. Fue entonces cuando nuestro héroe desconocido apareció en escena. Un escudero al parecer de nombre Valenzuela para unos pero Íñigo de Mendoza para el cronista Pérez del Pulgar, quien se recrea más en la historia, que al ver la situación en que su capitán se encontraba, saltando a tierra ofreció su caballo a Gonzalo diciendo: “tomad señor este, ca de pie no vos podreys salvar lo que yo sí”.  Galopaba nuestro hidalgo para alcanzar a sus hombres camino del real cuando aún pudo ver cómo el heroico escudero era atacado y muerto sobre la acequia.
Cuentan los cronistas, ambos en este caso, que el bueno de Gonzalo haciendo honor al nombre que más tarde sus hombres le darían, se interesó por conocer quién era aquel que en un acto que no llegaba a comprender, había entregado su vida a cambio de la de su señor y que conociendo que tenía mujer e hijos, se encargo del cuidado de todos ellos por el resto de su vida.

Valenzuela o Íñigo de Mendoza, que lo mismo nos da, escudero en las guerras que pusieron fin al reino de Granada, murió en aquel año de 1.491 en una acequia inundada de las fértiles huertas del valle del Genil con el único fin de permitirnos a todos contar con la figura de “El Gran Capitán” que más tarde vendría. Conmemoremos los 500 años de la muerte de Gonzalo, que sin duda fue un Gran Capitán, pero hagámoslo recordando y agradecidos al “Gran Escudero” sin cuyo acto nada habría que recordar, pues habría pasado a la historia como un hidalgo andaluz que murió en una acequia del Genil.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

EN EL CORAZÓN DEL MAR DE NATHANIEL PHILBRICK

  

          Si no me equivoco, el próximo mes de diciembre se estrena la película “En el corazón del mar” dirigida por Ron Howard y protagonizada por Chris Hemsworth; pienso ir a verla, pero como soy de los que no se esperan a que saquen la película, leí el libro antes de que llegara.
            Voy a comentar el libro y recomendar su lectura antes de ver la película, al contrario no tiene gracia. Pero primero y tras haber visto varios anuncios de lo que llegará a la gran pantalla creo necesario explicar que quizás se pueda uno hacer una imagen errónea de lo que nos cuenta la obra, al menos la literaria. Veo en esos “trailers” de cine muchas alusiones a “la verdadera historia de Moby Dick” y cosas por el estilo que a mi juicio enturbian más que aclaran la idea de lo que nos vamos a encontrar.
¿Qué relación hay entonces entre la historia de Melville “Moby Dick” y la de Nathaniel Philbrick? Muy sencillo; Philbrick en su obra, bastante bien documentada a mi juicio y saltando de vez en cuando entre el formato de novela y el ensayo periodístico o de investigación, trata de contarnos la historia del naufragio del ballenero norteamericano Essex a principios del siglo XIX tras ser embestido por un cachalote y la odisea de sufrimientos soportada por los miembros de su tripulación hasta su rescate. Esta historia, la real, fue conocida por Melville unos años después de ocurrir, de hecho incluso llegó a conocer a alguno de sus protagonistas; y esto le inspiró para inventar otra en la que un capitán ballenero se obsesionaba por cazar un cachalote blanco que terminaría hundiéndole.
            Ésta no es un cuento, no es una historia de ficción ni de aventuras, es la historia real de unos hombres que pasaban años fuera de casa intentando cazar el sustento de sus familias en la otra parte del mundo y que sin saber muy bien cómo un mal día se encontraron sobre un bote de ocho metros flotando en medio de la inmensidad del océano pacífico y donde tuvieron que arreglárselas para tratar de sobrevivir por espacio de tres meses.
            La historia engancha desde el mismo principio y te obliga a leer un capítulo más. Abundan los términos náuticos que la decoran y dan realidad a la narración, lo que gustará a los amantes del mar y de autores tipo Patrick O’Brian sin llegar creo, a hacer que se pierdan aquellos que sean legos en el mundo de las jarcias. El autor ha utilizado entre otras, las narraciones escritas en su momento por los supervivientes como fuente para su obra, de las que a mi parecer toma un ligero aroma de las novelas de aventuras de aquella época que ayuda a sumergirte en el relato, a embarcarte junto a los protagonistas en una de las balleneras y llenarte la piel de sal.
Se lee fácilmente en el fin de semana por lo que aún hay tiempo antes de ver la “peli” y encontrareis historia, aventura, emoción, pocos amoríos y sufrimiento hasta pasar los límites de lo humano. En el cine ya veremos lo que nos dan.

sábado, 21 de noviembre de 2015

LAS DOS VIDAS DEL CAPITÁN DE MARI PAU DOMÍNGUEZ



He de confesar que en un primer momento me pareció muy alejado de aquello que termina gustándome pero, quizás su prosa amena y de fácil lectura hizo que el tiempo o páginas trascurridas hasta que sin darme cuenta naciese en mí la atracción necesaria para no querer dejarlo, fuesen rápidos e imperceptibles. 
Alcanzado el ecuador de la obra los acontecimientos de importancia sucedidos a nuestro protagonista se amontonan de tal manera que no permiten al lector la distracción pues en solo dos páginas puede cambiar y de hecho cambia todo en esta gran historia de amor, de guerra y sobre todo de superación.
Para mí ésta, termina siendo una novela amena sobre la carrera de un insigne militar español, fantástica sobre la vida de un hombre que sufrió cuanto es posible hacerlo pero supo aprender de ello, y útil para el conocimiento de un momento trágico de la historia de España.
Al terminar su lectura te quedará el sabor de la injusticia y la necesidad de trasmitir lo que enseña para que figuras como la de Diego de Alvear no sean necesarias; todo ello como ya dije escrito en un lenguaje de fácil y amena lectura.

Recomendable para todo aquel que guste de la novela histórica española.

viernes, 20 de noviembre de 2015

40 AÑOS Y NADA QUE CONMEMORAR.


Hoy se cumplen 40 años de la muerte de Franco y 79 de la de Durruti o José Antonio y al parecer todos tienen motivos para celebrar o llorar algo. Pues yo, no tengo nada de eso.

Nadie queda vivo que tuviese conocimiento de lo que estaba ocurriendo cuando el anarquista Durruti recibió aquel tiro por defender Madrid o cuando encerrado en Alicante fusilaron a José Antonio por defender la otra idea de Madrid. Y de la de Franco, yo con cierta edad ya, sólo recuerdo que ese día colegios e Institutos estuvieron cerrados.
Moría Franco y como dice Carlos Herrera: “Empezaba otra España que iba a protagonizar un joven rey al que nunca agradeceremos suficientemente su implicación tozuda en la llegada de la democracia”.
 De una admirable manera y habiendo trascurrido menos de 40 años de la mayor de las barbaridades, estando aún presentes muchos de sus protagonistas, los españoles empujados por su joven rey y aún temerosos de las consecuencias, con asombro de propios y extraños, fueron capaces de compartir mesa. Fueron capaces de apartar todo el odio y rencor que aún pudiera perdurar, todas las ideas que chocaban contra las demás, toda la intransigencia y todo el extremismo y lo metieron en una caja en lo más profundo del desván. Rojos y blancos, derechas e izquierdas, proletarios y burgueses, residentes y exiliados, ricos y pobres, a todos consiguió aquel rey hacer sentar a la mesa; y todos trabajaron y cedieron por conseguir la España de la unidad y de las libertades, la de las urnas, la de las leyes que nos amparan y nos dan el derecho a manifestarnos y gritar nuestra opinión. Mi respeto y admiración a todos los que se sentaron a esa imaginaria mesa.
Pues bien, han pasado 40 años y algún imberbe mozalbete rebuscando en el desván se ha encontrado con la caja que guardaron los abuelos y cual la de Pandora  al abrirla ha dejado salir los males trasportando a cuantos la ven, de nuevo al mundo de los rencores. De nuevo se escucha a Durruti gritando que “al capitalismo hay que destruirlo y no discutir con él” o a José Antonio “levantando banderas en lucha enérgica y extrema”; volvemos a escuchar hablar de Guernica y de Paracuellos, de bandos y de generar miedo, de rojos y de fachas, y todo vuelve a tener su origen allí y no escuchamos, sólo culpamos al contrario de todos los males. No sé cómo, pero alguien podría intentar volver a cerrar ese cajón de mierda antes de que nos hagamos daño.

Yo hoy no tengo nada que conmemorar; si acaso “la tozudez del joven rey” al que ahora los imberbes dicen no deberle nada.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Treinta doblones de oro de Jesús Sánchez Adalid

Treinta doblones de oro de Jesús Sánchez Adalid.-

                He encontrado en esta novela una fantástica historia oculta; aquella que da título a la obra y que no sólo no esperará el lector, sino que además no encontrará hasta haber sido testigo de aquella otra que da forma a la obra narrándonos la vida de un muchacho que trata de abrirse camino en una España de la que si bien son muy conocidos los hechos de gran trascendencia, lo son poco o nada los que realmente importaban a los ciudadanos de a pie y que son los que envuelven nuestra novela. Lo veremos deambular para buscarse el sustento, caer en los sueños del amor e incluso cambiar toda su vida por ello en una España de galeones de oro y de paraísos lejanos, pero con una realidad de hidalgos sin hacienda y piratas Bereberes.

Sin duda merece la pena.

lunes, 16 de noviembre de 2015

CONTRA ELLOS, UNIDOS Y ORDENADOS “POR LA GRACIA DE DIOS”

Cuenta la leyenda: Que allá por los albores del siglo VIII encontrándose Florinda La Cava, hija del Conde don Julián, Gobernador de Tánger y Ceuta, bañándose desnuda en el rio Tajo junto a Toledo donde su padre la mandó para ser educada, fue vista por el rey don Rodrigo, quien prendado de su belleza la siguió hasta conseguir forzarla y hacer que Florinda perdiera su flor. No debió de gustar mucho esto al padre que en lugar de considerar que adquiría un nuevo hijo y además rey, decidió abrir las puertas a los moros que invadieron la península y acabaron con el reinado.
La historia, con casi tantas pruebas como la leyenda, lo cuenta de otro modo, lleno de traiciones e intereses económicos y políticos. Pero es menos romántico.


Sea como fuere la cosa es que, en cuatro días la España de aquel entonces se llenó de unos tipos que al grito de “Ala es grande” fueron cortando cabezas hasta llegar a los Picos de Europa. Parece ser que en principio no vinieron con la intención de quedarse, pero viendo el poco interés que pusimos por impedirlo y que no éramos capaces de ponernos de acuerdo ni tan siquiera en quién era el enemigo, otros cuatro días más tarde decidieron que en lugar de ayudar a rey ni conde ninguno, se quedaban con el botín y cuanto tan mansamente se les cedía. Su religión era su ley. Así que tiraron abajo cuantas iglesias había y con sus piedras y columnas construyeron mezquitas (por ejemplo en Córdoba), convirtieron en esclavo a todo el que renunciando a su fe tuvo la suerte de salvar la cabeza. Y en los últimos cuatro días de la docena dominaron el total de la península ibérica.
Tan sólo en las montañas del norte tras atravesar una  gran semidesértica meseta algunos grupos de pastores guiados por sus señores feudales consiguieron sobrevivir, gracias más seguramente al desinterés de los islámicos y lo escarpado de la zona que a la pericia militar de los que quedaron.
Tuvimos que esperar hasta el año 1212, quinientos años, para ponernos de acuerdo por una vez en que debíamos hacer frente común contra el enemigo y que tiempo habría después de arreglar esas diferencias que siempre nos separaban en lugar de unirnos. Quinientos años de darnos hostias entre nosotros más que combatir a quien nos había machacado, retirado nuestra fe, humillado, esclavizado y expulsado de nuestra casa.


Unos siglos más tarde sería  el rey Fernando el Católico, quien definitivamente los devolvería allá de donde salieron, el que contestando al embajador de Florencia a su pregunta de cómo era posible que un pueblo como el español hubiera sido conquistado, en todo y en parte, por galos, romanos, cartagineses, vándalos y moros; le dijo: “La nación es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte que sólo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden”.
Fue ese “apellido” de “Católica majestad” junto al de “por la gracia de Dios” y algún que otro matrimonio de conveniencia los que hicieron nacer en los españoles la unidad y fervor o incluso miedo necesarios para mantenernos unidos y luchar por lo mismo. Y mientras existió nos ayudó a conquistar medio mundo, a ser los más grandes y me atrevería a decir los únicos justos dentro de la injusticia de los tiempos. Así fue hasta que Dios nos obsequió con algunos reyes a los que poca gracia les dio y comenzamos a desunirnos. Desde entonces nos dedicamos a volver a caminar en busca de las montañas. Todo aquello que aportamos al mundo lo fuimos perdiendo e incluso el merito de haberlo hecho.
Hace poco más de doscientos años el mundo cambió, “por la gracia de Dios”, y nos dimos cuenta que había algo que llamaron libertad, igualdad y fraternidad. Pero aunque era bonito, nuevamente con engaño se colaron en casa a imponérnoslo por la fuerza. Tan desunidos estábamos que nos volvieron a arrinconar en una esquina. Esta vez en el sur, en una pequeña tacita de plata a la que llamamos Cádiz. “Por la gracia de Dios” seguro, porque si no, no lo entiendo, conseguimos unirnos de nuevo y esta vez caminando hacia el norte en lugar del sur conseguimos echarles.


Como buenos españoles comenzó nuestra pelea. No habiendo enemigo peleemos entre nosotros. Hemos pasado los últimos dos siglos repartiéndonos el poder y los guantazos por turnos, a ratos más unidos y a ratos más separados. Hemos creado repúblicas, reinos y hasta cantones. Hemos perdido todo cuanto no era la vieja España y hemos llegado hasta a declarar la independencia de Jumilla. Pero nunca le hemos visto las orejas al lobo en este tiempo y nunca ha pasado nada.
Nunca le hemos visto las orejas al lobo, porque no sabemos verlas. Cuando los lobos nos rodean nosotros nos dedicamos a discutir si son o no lobos, si son o no malos todos los lobos, si siendo lobos deberíamos permitirles o no entrar, si debemos tratarlos como amigos o como enemigos, como víctimas o como verdugos y así una y otra discusión que se alargan en el tiempo mientras los lobos se relamen y ayudan a separarnos por aquello del “divide y vencerás”.


Pues bien más divididos no podemos estar. Nuestros mal entendidos regionalismos se convirtieron otra vez en nacionalismos y éstos en separatismo. Nuestros amigos del “paz y amor” apedrean en las manifestaciones a los agresivos que salieron con la pancarta de “sólo con la fuerza se arreglará”. Y mientras tanto el lobo, en este caso otra vez el lobo islámico, que no ha cambiado, que sigue siendo aquel que entró a vengar la pureza de Florinda, que no ha conocido de la libertad, igualdad y fraternidad que los franceses al final nos regalaron, aprovechándose de ellas, de nuestra indecisión, y sobre todo de nuestra incredulidad en que pueda existir tanta maldad tras siglos viviendo entre algodones en un mundo rosa donde siempre estuvimos protegidos, nos rodea y nos ataca. Usa nuestra libertad para moverse por casa, nuestra igualdad para reivindicar que no se le pongan impedimentos a sus ideas y nuestra fraternidad para exigirnos que hagamos un hueco entre nuestras creencias para que entren las suyas. Y les hacemos hueco por aquello de no todos pueden ser malos y son casos aislados de radicales y seguimos discutiendo y ellos siguen avanzando y usándonos para destruirnos y nos volverán a arrinconar.

Si no nos ponemos de acuerdo otra vez, si no controlamos a quien entra en casa y verificamos que viene a jugar con nuestras reglas y no a aprovecharse de ellas para imponernos las suyas, volverán a arrinconarnos. Y entonces sólo obligándonos “por la gracia de Dios”, unidos y ordenados como dijera El Católico, saldríamos de ese rincón.