Hoy es el día en que
celebramos a Santiago apóstol, a Jacobo, sí, sí, a aquel que se paseó con su
caballo blanco por la batalla de Clavijo, a matamoros, ¡uy, perdón! que ese
nombre no es correcto ahora; a aquel a quien se encomendaban las tropas en Las
Navas al grito de ¡Santiago! ¡Y cierra, España! Y por consiguiente no paramos
de hablar del tema y podemos ver cientos de escritos de este tipo. Pero sobre
todo se habla de esa frase, de ese “grito de guerra” o de ánimo y orden, que
también yo he escrito; del significado de ese "cierra". Y es que con el tiempo, y
la desmilitarización de la vida, el verbo cerrar ha perdido alguna que otra
acepción. Pero vamos, que no voy yo a entrar en eso; investigue el que
desconozca que ya he dicho que hay muchos que lo explican. Sólo digo que tal y
como están los días, quizás sea cosa de que España vaya “cerrando”. Y usen
ustedes aquí la acepción que más les convenga.
Páginas
Me gusta
lunes, 25 de julio de 2016
jueves, 14 de julio de 2016
NO ERA TAN TONTO EL CONDE
Estaba
hace unos días viendo esa caja que a todos a veces nos emboba, cuando en una
entrevista a uno de los que ahora llaman intelectuales y en otro tiempo cómicos,
y como contestación a una pregunta sobre la época de Los Austrias; el que al
parecer también se creía antropólogo e historiador dijo, que en aquellos siglos
era facilísimo engañar a la gente, que tratar con ellos era como hacerlo con
niños y por consiguiente fáciles de dominar. Parece ser que ahora está de moda
pensar que los de antes, los que nos precedieron en aquello de pasear por el
valle, eran más tontos o no sabían hacer las cosas; nosotros todo lo habríamos
hecho mejor. No entraré a discutir esto, no merece la pena. Lo que si haré es
narrar una historia que me vino a la mente en aquel momento.
Allá
por los primeros años del siglo XVII vivía don Juan de Tassis y Peralta, II
Conde de Villamediana personaje famoso en la Corte, Correo Mayor del Rey, gran
poeta poco conocido por coincidir en su tiempo con Góngora, Quevedo, y otros
muchos que oscurecieron su figura en ese campo; y tremendamente aficionado al
juego, a la fiesta, y a las mujeres, quienes al parecer no se le resistían.
—Sí, ya existían “vivillos” por aquella época— Cuentan de él numerosas
anécdotas sobre sus supuestos amoríos con la Reina y sus juegos de palabras e
indiscreciones en público. Pero no son éstas, que pueden encontrarse en
cualquier parte, que recomiendo conocer y que no contaré por no alargarme, las
que nos interesan sobre nuestro personaje; sino otra que seguramente un fraile
trató de ocultar y por ello es casi desconocida.
Dicen
que una buena mañana cuando el Conde se dirigía hacia la Villa y Corte, encontrándose
ya en los arrabales y al pasar junto a la Iglesia de Nuestra Señora de Atocha,
decidió entrar, —seguramente en penitencia por sus excesos pasados o por los
que pensaba cometer— y al hacerlo encontró a uno de los frailes que junto a la
puerta pedía limosna con un pequeño cestillo. Echó mano don Juan a su bolsa y
tomando una moneda de oro la dejó caer en el tabaque. El dominico se lo
agradeció diciendo: “¡Ah! señor habéis sacado un alma del Purgatorio”. —El de
Villamediana que ya seguía su camino hacia el interior del templo, dio media
vuelta y puso otra moneda. “Ya
librasteis a otra infeliz alma de sus penas”, —dijo el reverendo. Y así
sucesivamente, una tras otra, entregó seis monedas de oro el Conde al cestillo
del fraile mientras a la caída de cada una éste añadía: “¡Otra infeliz alma
sale del purgatorio!” “¿Me lo aseguráis?”, dijo don Juan. “¡Oh! Señor,
—respondió sin vacilación el fraile—, puedo aseguraros que ya están esas seis
almas en el cielo.” “Pues devolvedme las monedas —añadió el Conde, al tiempo
que las cogía del cesto—, que de nada pueden ya servir, porque si las almas
entraron ya en el cielo es muy seguro que no han de volver a purgar.”
Creo
sin duda, digna de conocer la historia de nuestro Conde quien murió asesinado
quedando todo ello envuelto en el misterio. Fue como ya dije poeta, jugador,
amante y loco pendenciero, pero de lo que estoy seguro, sobre todo, es de que
no fue un tonto ni se le podía engañar como a un niño a pesar de haber vivido
hace muchos años; o al menos, aquel dominico de Atocha no supo cómo hacerlo.
Romance
escrito por Antonio Hurtado de Mendoza a la muerte del Conde de Villamediana:
Ya sabéis que era Don Juan
dado al juego y los placeres;
amábanle las mujeres
por discreto y por galán.
Valiente como Roldán
y más mordaz que valiente...
más pulido que Medoro
y en el vestir sin segundo,
causaban asombro al mundo
sus trajes bordados de oro...
Muy diestro en rejonear,
muy amigo de reñir,
muy ganoso de servir,
muy desprendido en el dar.
Tal fama llegó a alcanzar
en toda la Corte entera,
que no hubo dentro ni fuera
grande que le contrastara,
mujer que no le adorara,
hombre que no le temiera
miércoles, 29 de junio de 2016
¿EL MASCULINO OFENDE?
Leo o escucho constantemente que el uso del masculino
ofende o puede ofender a determinados grupos. Y no, el masculino no es el que
se usa, es el genérico que no siempre coincide. Yo siempre fui motorista y no
puse pegas a lo supuestamente femenino del nombre ni escuché hacerlo a los
ciclistas por ejemplo. Podría poner cientos de ejemplos más, pero cuando
queremos encontrar problemas lo hacemos de todas formas. Si el que diseñó los
semáforos por primera vez hubiese pintado falda al monigote se le habría llamado
machista por diferenciar a los sexos o por presuponer que los pantalones son
identificativos del varón; como no lo hizo se le acusó por lo contrario. Si
queremos encontrar machismo lo haremos igualmente tanto porque se mencione la
diferencia, como porque no se haga, y de eso nunca tendrá la culpa el idioma
sino el machismo de nuestra mente. Es más, cualquier persona que analice con
calma nuestra lengua verá que no tiene nada de machista. Sólo hay que ver esta
última frase. (persona, calma, lengua, machista ¿Masculino?
domingo, 19 de junio de 2016
¿QUIÉN SALVA A LA REINA?
Contaban
las malas lenguas y también una vieja de mi pueblo que debió de ser quien se lo
dijo a Ramón J. Sénder que más tarde narraba algo parecido; que allá por el final del siglo XVII en
España, al igual que ahora en la Gran Bretaña, estaba prohibido tocar el cuerpo
de la reina. Tan sólo las meninas podían rozar sus pies a la hora de calzarlos
con los chapines, primos hermanos de las plataformas que algunas usan hoy.
Lógicamente esta prohibición no incluía al rey, y Carlos II, aquel de quien más
tarde se diría que estaba hechizado, parece que se tomó su trabajo para
toquetear todo aquello que los demás no podían en la persona de María Luisa de
Orleans. Asaltaba a la reina día y noche, en palacio o fuera de él, por aquello
de que quizás el cambio de ambiente propiciase la fecundidad tan deseada; mandaba
colocar carpas y otros tingladillos en los cotos de caza a donde acudían y
buscaba más el momento del descanso junto a su reina gabachita que a la otra
pieza objeto de la caza. Y es que la abuela tiene razón cuando dice aquello de
que a todos los tontos les da por lo mismo.
Siendo
todo esto del dominio público en la corte, ocurrió un buen día que el rey loco
de amor por su reina a quien le gustaba montar a caballo, le regaló tres
caballos alazanes traídos de Andalucía. Corrió ella a montarlos mientras su
católica majestad la contemplaba desde el alcázar, con tan mala suerte que una
de las bestias se encabritó lanzando a la reina por los aires, quien quedó
sujeta al estribo por su pie izquierdo y se golpeaba contra el suelo al compás
de los saltos del animal. Tan tremendo percance puso de manifiesto la
impaciencia del rey a la hora de consumar allá donde se le antojaba; y es que la
reina por facilitar la labor carecía de ropa interior, según todos los
presentes pudieron ver mientras colgada del pie y con los ropajes en la cara mostraba el culo dando la vuelta al ruedo. Saltaron a ese “ruedo” donde se
jugaban la vida, dos caballeros con la noble intención de socorrer a la
consorte; pero llegados hasta él y frenado el alazán, dudaron si tocar el pie
prisionero del estribo sabiéndose observados por el rey. Se miraron el uno al
otro, al pie causante del problema y al resto que su majestad tan abiertamente
mostraba, y tras persignarse y pedir ayuda a Dios, uno de ellos levantó el real
cuerpo tratando de mantener la vista alejada mientras el otro soltaba el zapato
enganchado. El rey ya no estaba en el balcón y se le oía gritar no sé qué de la
horca por los pasillos del alcázar, la pena por tocar a la reina era una visita
al cadalso y el espectáculo vivido era aún
más gordo; por lo que nuestros caballeros no se lo pensaron dos veces y tras
dejar en el suelo a la de Orleans de la forma más pudorosa posible y usando los
otros dos alazanes, huyeron al galope de la corte.
El
cabreo del rey era descomunal y pedía a gritos el ajusticiamiento de aquellos
dos que habían osado ver los secretos de la reina y tocado el cuerpo que tan
sólo para él había sido creado. Sólo los descargos de don Gregorio de
Bracamonte IV conde de Peñaranda y amigo al parecer de los afectados hizo
calmar al monarca; quien si bien reconocía que se habían portado noblemente,
también tenía claro que eran reos del delito de tocar a la reina. Por otro lado
pensó el rey que todo habría sido de menor gravedad si la reina hubiese llevado
ropa interior y que no lo hacía por complacerlo a él, por lo que en ese momento
se sintió tan culpable como el que más.
Perdonó Carlos la vida a los dos atrevidos caballeros bajo palabra de
mantenerse alejados de la corte y no mostrarse jamás a los ojos de la reina.
Pero no puede quedar impune tan infausto hecho, decía. Así que tras larga
meditación se condenó a la horca al causante principal de los hechos; se leyó
la sentencia a la que el reo no alegó nada y minutos más tarde el corpachón del
alazán andaluz se balanceaba en el especial patíbulo construido a tal efecto.
Si
bien no se supo más de ellos, contaba la vieja de mi pueblo, que el rey Carlos
no dejaba de ver a los dos caballeros por todas partes a donde iba, y que al
tiempo que el comentario ruborizaba a la reina, a él lo comían los celos que
debieron ayudar a su hechizo.
Las
malas lenguas y esa vieja de mi pueblo cuentan esta y otras muchas historias
que juegan junto a la línea que separa la historia de la leyenda y que tan
difícil es de trazar.
miércoles, 24 de febrero de 2016
EL SOLDADO MIGUEL
Quiso
Dios, al parecer, llenar esta Patria nuestra de héroes, o al menos en otros
tiempos. Aunque sin duda también se le derramó el bote de los gilipuertas sobre
esta preciosa tierra y últimamente no paran de salir a flote. Son todos estos
últimos los que dentro de unos días cuando conmemoremos la muerte de quien
ahora nos ocupa lo tacharán de pendenciero, ladrón, aprovechado y hasta
homosexual, que de todo eso he oído ya. Y no seré yo quien diga que no, pero sí
recordaría aquello que dijo otro héroe acerca de estar libre de pecado para
tirar la primera piedra. Y también pediría que cuando nos creamos historiadores
e investigadores de lo oculto, juzguemos los actos en el contexto en que se
realizaron; las cosas cambian mucho cuando te están dando palos.
Quizás
por eso que intuyo que vendrá (espero equivocarme), o quizás porque al
cumplirse 400 años de su muerte no veo que se le rinda el tributo que creo
merece, he decidido contar algo de él y rendirle mi pequeño homenaje. A estas
alturas ya la mitad de los lectores deberían saber de quién estamos hablando,
si no es así la cosa es aún peor de lo que creía y más necesario hablar de
ello. Sí, voy a hablar de Cervantes, pero no del escritor ni del Quijote, eso
ya lo conocen hasta los jóvenes de los Institutos de hoy en día, a pesar de lo
poco que se les enseña. Voy a tratar de ver al Miguel soldado a quien al igual
que magistralmente empuñó la pluma, antes lo hizo con la espada.
No
puedo plasmar aquí la biografía al completo pues necesitaríamos un nuevo
Quijote o un Rocambole para contarla medianamente, pues así, como la vida de
estos dos fue al parecer la de Miguel, llena de aventuras y sucesos que la
condicionaron de tal manera que en multitud de ocasiones estuvieron a punto de
dejarnos sin el más grande las letras. Voy directamente al fruto que quiero que
probemos y aquel que necesite saciarse más, sé que no tendrá problemas a la
hora de buscar dónde.
Después de una juventud corriendo con sus padres de una
ciudad a otra debido, al parecer, a la precaria situación económica de la
familia y sus intentos de mejorarla, en 1566 los Cervantes terminan
instalándose en la nueva capital del reino donde Miguel empieza en el mundo de
las letras. Pero quiso el destino, la
mala cabeza de la juventud, los líos de faldas o vaya usted a saber qué, que
tres años después nuestro joven Miguel se enfrentara en duelo a un tal Antonio
de Sigura a quien hirió en el mismo y que como consecuencia de ello fuese
condenado a sufrir diez años de destierro y la amputación de la mano derecha
por hacer uso de las armas (eso eran condenas y no lo de ahora). A pesar de
conservarse una providencia de Felipe II en que se manda prender a un tal
Miguel de Cervantes por los hechos narrados, hay quien lo pone en duda y dice
que no, que no se trata de él. Pues vale, pues bien.
No debió de gustarle la idea de perder la mano, (y demos
gracias por ello) así que a final de año nos lo encontramos en las tierras
italianas de dominio español al servicio del Cardenal Giulio Acquaviva con
quien a pesar de sus muestras de agradecimiento posteriores, está claro que
tampoco se sentía en su salsa, ya que rápidamente y provisto de certificado de
cristiano viejo ingresa en el Tercio del Maestre de Campo don Miguel de Mocada,
compañía de Diego de Urbina. Está claro que no eran los antecedentes penales lo
que se pedía por aquel entonces y que Felipe II a pesar de ser el soberano del
mundo no conseguía que se le oyera mucho más allá de El Escorial donde debía de
estar dando voces al maestro de obras.
7 de Octubre
de 1571, la república de Venecia que ve peligrar su comercio marítimo debido al
dominio de aquellos mares por parte del Imperio Turco y sus corsarios (los
temidos Barbarroja y compañía) y el Papa en su constante lucha contra el hereje
han convencido a nuestro rey, quien cree que después le tocará a la zona del
norte de África que es lo que a él le interesa, para unir las flotas y borrar
de la superficie de las aguas la estela de las naves del islam. Y allí, en el
flanco derecho de aquella armada de más de 200 bajeles que comandaba don Juan
de Austria, hermanastro del rey, hijo bastardo del emperador Carlos V y donde
se encontraba toda la flor y nata de la milicia de la época, así como cuantos
nobles, caballeros y dignidades pudieron hacerlo, (por aquel entonces ir a la
batalla en defensa de Dios, de la Patria o del Rey aún era un honor perseguido,
aunque más tarde se solucionó pagando para que fueran los pobres en su lugar) a
bordo de la Marquesa, galera de las del
mando de don Juan Andrea Doria, en la cámara y enfermo de calenturas (dicen que
de malaria) yacía nuestro mozo de veinticuatro años cuando avistada la flota
turca se dispone todo para el combate. Don Juan de Austria cuentan que salta de
galera en galera (difícil de creer) levantado
la moral a los hombres con una arenga que termina de esta manera: “Hijos, a morir hemos venido; a vencer, si
el cielo así lo dispone. No deis ocasión a que con arrogancia impía os pregunte
el enemigo ¿dónde está vuestro Dios?
Pelead en su santo nombre; que muertos o victoriosos gozareis la
inmortalidad”
Ante
semejante espectáculo que se avecina “la
más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan los
venideros”, escribiría más tarde Miguel, y teniendo en cuenta que si además
salía mal en el mejor de los casos terminaría cargado de cadenas de por vida o
en el fondo del Jónico, no es de extrañar que a pesar de los ruegos de sus
compañeros y la indicación de su capitán para permanecer bajo cubierta, por no
encontrarse en condiciones de guerrear o por ser la fuerza de socorro, que
permanece bajo cubierta y aparece en apoyo en los momentos de compromiso, la
que como soldado bisoño le correspondía (los lugares de riesgo y por tanto de
más honor, son para los veteranos) dicen que Miguel (y existe testimonio
escrito de ello) se puso en pie y rogó a su capitán que le colocara en el lugar
más peligroso, y tras decirle éste que se quedara tranquilo donde estaba,
repuso: “Señores ¿qué se diría de Miguel
de Cervantes? En todas la ocasiones que hasta hoy en día se han ofrecido de
guerra a su majestad, he servido como buen soldado; y así ahora no haré menos,
aunque esté enfermo y con calenturas.”
Fue pues destinado con doce hombres a defender la zona del esquife una
de las más importantes para el control de la nave y por tanto de las más atacadas.
Empezada la batalla las galeras turcas que les superan en un cincuenta por
ciento atacan entre otras a la Marquesa y allí, donde deseaba, en lo más recio
de la pelea, en la zona del esquife, Miguel y sus compañeros de gloria reciben
una lluvia de fuego de arcabuz que paran con sus cuerpos; recibe dos heridas en
el pecho y una en el brazo izquierdo; tratan de apartarlo del combate
mostrándoselas pero él henchido de bravura les grita “El soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga…
Las heridas del rostro y de los pechos, estrellas son que guían a los demás al
cielo de la honra” y ahí continuó hasta que terminó todo (justamente lo
mismo que cualquier mandatario de hoy haría en defensa de los intereses de
España).
Digan
lo que digan quienes se encargan de quitar merito a los actos de los demás y a
pesar de que la mayoría de los datos de que disponemos fueron narrados por
Miguel o extraídos del interrogatorio (que se conserva en el archivo de indias)
de testigos que el mismo y su padre aportaron para optar a un puesto de
relevancia en América; debió de ser sin duda meritoria la actuación del joven Cervantes,
cuando en una batalla en la que se estima intervinieron más de 100.000 soldados
y en la que hubo más de 30.000 muertos y 14.000 heridos, el propio don Juan de
Austria se interesa por uno de estos últimos, por Miguel y además le concede
cuatro ducados de aumento de los de su paga. Y debieron ser grandes también las
heridas sufridas cuando se temió su muerte primero y al parecer necesitó hasta
seis meses para recuperarse en la ciudad de Messina. Paradojas del destino,
condenado a perder la mano derecha por la corte de Felipe II, escapa y es en
defensa de los intereses de éste cuando pierda la izquierda. Aunque no la
perdió físicamente y parece ser que aunque inútil, tampoco lo era del todo;
hasta el punto de que si bien lucía con orgullo el apelativo de “El manco de
Lepanto” por lo que ello significaba, también es igual de cierto que había
quien lo nombraba como “El manco sano”.
Cuenta
una tradición popular que el Papa Pio V durante el tiempo que duró la
expedición se dedicó al rezo del rosario y que el día de la batalla salió de su
capilla anunciando que la Virgen había concedido la victoria a la cristiandad.
Una vez se confirmó el triunfo sobre el hereje turco, instauró la celebración
de la Virgen de las Victorias. Años más tarde Gregorio XIII cambio la
denominación por la de Virgen del Rosario y desde entonces el 7 de octubre y en
conmemoración de la victoria en Lepanto los católicos de medio mundo rezan el
rosario aunque la mayoría de ellos sin saber el porqué.
Vencedor
y más o menos manco en Lepanto, Miguel no se retira (no debía de existir aún el
cuerpo de mutilados del ejercito o la pensión no sería buena) sino que continua
en esa incipiente “infantería de marina” y en la que se le une su hermano
pequeño Rodrigo. Junto a él y aunque tenemos poco que nos cuente lo que hizo,
estuvo en las expediciones navales de Navarino y Corfú y lo que es más
importante en la conquista de Túnez.
En la
noche del 7 de octubre de 1573, dos años después de la gloria de Lepanto, una
nueva armada a las ordenes de don Juan de Austria se aproxima a la costa de Túnez
y junto a las ruinas de la antigua Cartago don Álvaro de Bazán manda
desembarcar hombres y pertrechos, entre los 2.500 que lo hacen, los hermanos
Cervantes, que al igual que el resto de valientes españoles supieron tomar la
ciudad en poder de los corsarios berberiscos, sin un solo arcabuzazo. Repuesto
el rey que había demostrado ser buen vasallo de España (aunque no tanto para
los tunecinos) y mejoradas las defensas de la ciudad, la armada se retira ante
el miedo a los vientos del invierno.
En el
año 1575 Miguel parece que pretende mejorar su situación social y económica
dentro de la milicia; consigue unas cartas de recomendación ante Felipe II del
mismísimo don Juan de Austria y del Virrey de Nápoles en las que se alaba su
actuación y con las que espera conseguir su promoción al grado de capitán. Así
que el 20 de septiembre ambos hermanos embarcan en la goleta Sol con destino a
los reinos de la península ibérica.
Parece
ser que una tormenta separa a nuestra goleta del resto que componían la
flotilla en la que buscaban protección y la obliga a navegar en solitario y el
día 26 de septiembre ya a la altura de Marsella, dicen unos, o de la costa
catalana según otros, (mucho correr me parece a mí) tres bajeles de corsarios
berberiscos (pues la palabra pirata aún no estaba muy en boca) al mando de
Arnaut Mami les dan alcance y tras una lucha encarnizada en la que entre otros
muere el capitán de “la Sol”, los supervivientes son apresados y conducidos a
Argel. Las cartas de recomendación que se encuentran en poder de Miguel, lo
convierten automáticamente en presa importante a los ojos de su captor, lo que
eleva el normal rescate exigido por cualquiera de 5 a 500 ducados (con el
tiempo subiría aún más) pero también le conserva la vida en varias ocasiones y
junto a su mano “semi-muerta” le libera del trabajo de galeote o del maltrato
en la esperanza de cobrar tan rica suma por su persona.
Podría decirse que aquí, y gracias a Arnaut Mami, termina
la vida militar de los hermanos Cervantes, soldados de los tercios. Un albanés
que renegó de su fe cristiana y se convirtió en uno de los corsarios más
temidos del mediterráneo, (en manos de Juan, el abuelo de Miguel, que fue juez
de la Santa Inquisición, podía haber caído éste). Si bien debemos añadir que
como buen guerrero cumplió Miguel con esa premisa que tan en boca y en uso
estuvo después durante la segunda guerra mundial y que dice que el deber de todo
soldado prisionero del enemigo es tratar de escapar. Hasta cuatro veces
intentaría la fuga, por tierra y por mar y si bien el castigo normal por ello
era la muerte, sin duda el deseo de su dueño por cobrar el rescate, le mantuvo
con vida. Dos años después de ser
apresados la familia consigue el dinero para rescatar a Rodrigo, pero no será
hasta el 19 de septiembre de 1580 cuando a través de las ordenes rescatadoras
su madre consigue el pago y la libertad de Miguel (otra persona a la que
debemos el tener al más grande de las letras, por traerlo al mundo primero y
por rescatarlo después).
Cinco años de cautiverio habían pasado y diez desde que
saliera de España. Vuelve para encontrarse una familia totalmente empobrecida a
la que renunciando a su carrera militar tratará de sacar adelante, primero con
un cargo en Ámerica que no consigue y después como comisario real de abastos
para la Gran Armada que junto con otro cargo posterior de recaudador de
impuestos lo que le reportarán será más presidio.
Hasta
el siglo XVII no empezarán los Cervantes a ver el fruto de su obra literaria y
si bien la aparición del Quijote en 1605 le dio la fama inmediata, no evitó que
siguieran pasando con lo justo y no fue hasta poco antes de morir cuando Miguel
supo a través de un censor que le envió el relato de una conversación en el
séquito del embajador francés, que había creado algo nuevo y que contaba con el
reconocimiento internacional a quien sorprendía que España no tuviese a aquel
hombre en un pedestal. Al menos fue un pequeño reconocimiento en vida.
“Ayer me dieron la extremaunción y hoy
escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y,
con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…” Esto fue
quizás lo último que escribió Miguel quien moría entre el 22 y 23 de abril de
1616
España
nunca supo reconocer y premiar a sus grandes hombres y Miguel jamás pudo
quitarse de encima el yugo de ser hidalgo, soldado y pobre; porque además como
todos ellos nunca dejó de sentirse soldado y estar orgulloso de ello, como al
menos yo deduzco de esa mezcla de amor y odio, en sus quejas y alabanzas en el
discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras y del que no siendo
capaz de destacar un párrafo o de resumirlo, me veo obligado a adjuntar aquí al
completo como muestra del pensamiento de su autor y que todo militar incluso de
hoy estoy seguro entenderá.
CAPÍTULO XXXVIII
Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras
Prosiguiendo don Quijote, dijo:
—Pues comenzamos en el estudiante
por la pobreza y sus partes, veamos si es más rico el soldado, y veremos que no
hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de
su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con
notable peligro de su vida y de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez
tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del
invierno se suele reparar
de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con solo el aliento
de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de
salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche para restaurarse de todas estas incomodidades
en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de
estrecha: que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere y revolverse
en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas. Lléguese, pues, a
todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su ejercicio: lléguese un
día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas, para
curarle algún balazo que quizá le habrá pasado las sienes o le dejará
estropeado de brazo o pierna. Y cuando esto no suceda, sino que el cielo
piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se quede en la mesma
pobreza que antes estaba y que sea menester que suceda uno y otro rencuentro,
una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar en algo; pero
estos milagros vense raras veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en
ello: ¿cuán menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en
ella? Sin duda habéis de responder que no tienen comparación ni se pueden
reducir a cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con
tres letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados, porque de
faldas (que no quiero decir de mangas) todos tienen en qué entretenerse. Así que,
aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio. Pero a esto
se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados que a treinta
mil soldados, porque a aquellos se premian con darles oficios que por fuerza se
han de dar a los de su profesión, y a estos no se pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven, y
esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto aparte,
que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la preeminencia de
las armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según
son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho,
dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la
guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen
debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las
leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se
defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se
aseguran los caminos, se despejan los
mares de cosarios, y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los
reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían
sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura
y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón
averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en
más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias,
hambre, desnudez, váguidos de
cabeza, indigestiones de estómago y otras cosas a éstas adherentes, que en
parte ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen
soldado le cuesta todo lo que a el estudiante,
en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique
de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar
al estudiante, que llegue al que tiene un soldado que, hallándose cercado en
alguna fuerza y estando de posta o guarda en algún revellín o caballero, siente
que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede
apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le
amenaza? Solo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa,
para que lo remedie con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y
esperando cuándo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al
profundo sin su voluntad. Y si este parece pequeño peligro, veamos si le iguala
o hace ventaja el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar
espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas no le queda al soldado más
espacio del que concede dos
pies de tabla del espolón; y con todo esto, viendo que tiene delante de sí
tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se
asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo
que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de
Neptuno, y con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le
incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que
más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la
fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si este también cae en el
mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al
tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en
todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron
de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería,
a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de
su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo
quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la
mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una
desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que
hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar
luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me
pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable
como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone
miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el
valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra.
Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo
con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los
caballeros andantes de los pasados siglos.
martes, 29 de diciembre de 2015
SEGEDA, LA MURALLA ESPAÑOLA QUE DIO INICIO AL AÑO
El día primero
del mes de enero, comienza un nuevo año, pero, ¿por qué? ¿Qué tiene de especial
el uno de Enero?
Si nos vamos
al inicio del uso del Calendario Romano veremos que ya en los tiempos en que
Roma no era más que una pequeña ciudad con un rey, usaba este calendario y que
fue Numa el sucesor de Rómulo en el trono el que añadió los meses de enero y
febrero a un año que hasta entonces sólo tenía diez meses y se iniciaba en los
idus de marzo, (el día 15 más o menos). Pero llegado el año 46 a.C, Julio Cesar instaura uno
nuevo, el Juliano, que comienza cada año en las calendas de enero, (principios de mes),
y que duraría hasta finales del siglo XVI. El mes de Martius (Marzo) si era un
mes lógico para el inicio del año. Marzo es el primer mes después de los fríos
invernales, del inicio de la primavera, del comienzo de la nueva campaña tanto
agrícola como de la guerra, el mes de la elección de los nuevos representantes
de Roma. Marzo era el mes del inicio del año y del inicio de todo. ¿Qué pasó
entonces entre la época del amigo Nuna y la de Julio Cesar para que cambiaran
ese inicio y por qué? Pues muchas cosas, menudos eran los romanos con 600 años
de por medio.
Gracias a los
estudiosos, historiadores y cronistas no tendremos que recorrer esos seis
siglos para encontrar la solución a nuestras preguntas y podemos ir
directamente al tiempo, lugar y circunstancias que dieron como consecuencia el cambio del inicio del año. Como no podía ser de otro modo eso ocurrió aquí
en España o Hispania y fueron los españoles o hispanos el origen o causa de ese
cambio.
Corre el año
179 a.C en la península ibérica que aún no termina de ser la Hispania romana
pues el dominio no es total ni mucho menos. Los bellos, un pueblo celtibero con
capital en Sekaisa o Segeda, —lo mismo da como la llamemos— lo que hoy quedaría
dentro de la provincia de Zaragoza entre las poblaciones de Mara y Belmonte de
Gracián, firman un tratado de paz o más bien sumisión con Roma a quien tributan
anualmente y quien ante las continuas revueltas no les permite fortificar las
ciudades. Pero en el año 154 a.C esto al parecer se ha olvidado o a algunos les
importa un bledo y el rey Caro de Segeda decide ampliar el territorio
amurallado o elevar la altura de las defensas actuales, la cosa es que Roma lo
considera una ruptura del acuerdo y lo declara “casus belli” o motivo
suficiente para tratar de exterminarlos. Tampoco está muy claro lo que fue, ya
que los que nos lo contaron después fueron los romanos y algún griego como Polibio
quien atribuye el origen de la guerra a las condiciones insoportables impuestas
por la administración romana. Sea como fuere la cosa es que, la invencible Roma decide reiniciar una guerra contra las tribus
celtiberas de aquella zona y para eso cree que el mejor es Quinto Fulvio
Nobilior, hijo de conquistador y por lo tanto bueno de necesidad. Pero nos
encontramos ya en otoño cuando todo esto se lía, los que vienen ahora son los
fríos que no es buena cosa para iniciar una campaña y si esperamos al inicio
del año, allá por marzo, para nombrar al nuevo cónsul, mientras éste se hace
cargo de sus legiones y se desplaza hasta Hispania habremos dado demasiado
tiempo de ventaja a los bellos que ya se han unido a los Titios y pronto lo
harán a los Arévacos (los de Numancia). Así que el senado romano que tiene unas
ganas que no puede de aplastar a los levantiscos hispanos decide saltarse a la
torera las normas y dando por finalizado el año nombra a su nuevo representante
para las calendas de enero y de esta forma con el inicio de la primavera
Nobilior ya se encontrará en Hispania al mando de 30.000 legionarios. En una
época en que las campañas militares eran el principal cometido de los cónsules
romanos y en que la falta de medios adecuados hacía impensables en la mayoría
de los casos que esas campañas se realizaran fuera de los meses de buen tiempo,
el senado vio rápidamente lo acertado
del inicio del año consular en el mes de enero, que permitía realizar
todos los preparativos y desplazamientos de tropas antes de la llegada del
tiempo de guerrear por lo que se instauró esta fecha, el 1 de enero, como la
del inicio del año y así quedó hasta nuestros días.
Sólo un rastro
nos ha quedado de aquel año que se iniciaba en el mes de marzo, así septiembre,
octubre, noviembre y diciembre no son el séptimo, octavo, noveno y décimo mes como
de su nombre debería deducirse, sino que se sitúan dos puestos más adelante al
pasar enero y febrero a los primeros lugares, pero al menos nos lo seguirán recordando
mientras no encontremos otro Julius o Augustus a quienes recompensar dando su nombre a un mes.
Visto esto,
está claro ya que el inicio del año actual se fraguó en España, no podía ser
menos, pero en lugar de algo tan idílico y digno de celebrar como la llegada de
la primavera, el inicio de la siembra y la preparación para un nuevo ciclo de
la vida, lo que dio origen a ello fue una supuesta sublevación o el intento de
acabar con la independencia de quien se negaba a someterse, que terminó en un
largo baño de sangre.
Alguno habrá
aprendido el porqué del inicio del año en enero y del descuadre en el nombre y
orden de los meses, pero quizá haya nacido en él la duda de qué pasó con
los bellos de Segeda y el ejercito de Nobilior. Para eso y ya desde los tiempos
de Heródoto existen lo que llamamos libros de historia, pero no seré cruel y
ya que la idea era contar esas pequeñas anécdotas del pasado y responder dudas, no crearé otras y terminaré el relato aunque sea de una manera
sucinta.
Pues bien, a partir de la primavera de este primer año de inicio en enero, el 153 a.C, las
tropas de Roma en las provincias de Hispania, se encuentran dispuestas para la
batalla y recibiendo más de un castigo por parte de los lusitanos en las
tierras de lo que hoy sería Zamora e incluso más al este, lo que anima y da
esperanzas a los bellos, que no obstante abandonan temporalmente Segeda ante
tanto romano y buscan refugio algo más al oeste, en la Numancia de los
Arévacos. Pronto las noticias de los triunfos lusitanos y de los abusos romanos
hacen que el pueblo celtíbero se una en el deseo de plantar cara a Roma, y que
cuando el día 23 de agosto, día del dios Vulcano, miles de legionarios en
columna y al mando de Nobilior se dirigen hacia Numancia con la intención de
tomarla al asalto y destruirla, el ejercito de Caro de Segeda, en lugar de
esconderse temeroso, aprovechando su conocimiento del terreno y la prepotencia
y seguridad de los romanos que les hacen tomar pocas precauciones, consigue
sorprender a la columna en un paso estrecho donde cayendo sobre ella causan más
de 6.000 bajas entre las que se encontraría el propio Nobilior de no ser por la carga heroica de su
caballería que le ayudó a huir con el rabo entre las piernas. El desastre fue tan tremendo para Roma que esta
fecha sería declarada como día nefasto y recordada siempre por las legiones
que la consideraron poco menos que maléfica y ningún general romano después
lucharía ese día a menos que fuera obligado. Las tropas de Caro, quien por
cierto sí murió en esa primera batalla, se retiraron a Numancia en busca de
refugio. Frente a esta ciudad, al llegar el otoño, tras reorganizar sus
legiones y una vez recibidos refuerzos procedentes de África entre los que se
incluían elefantes, Nobilior monta un campamento con la intención de asediarla.
Pero más cabreado que nunca y viendo que se le escapaba la posibilidad de
obtener su triunfo, pues el final del buen tiempo se acerca a pasos agigantados
y con ello también el fin de su mandato, decide tratar de asaltarla. Cuentan que el impacto de una roca sobre la cabeza de uno de los elefantes que hasta
ese momento tenían atemorizados a los asediados, hizo que éste se volviera
contra las líneas romanas pisoteando a cuantos legionarios encontraba a su paso
y que esto envalentonó a arévacos y bellos que decidieron realizar un temerario
contraataque que hizo retirarse al cónsul hasta su campamento nuevamente derrotado.
La cabezonería de Nobilior le obligó mantener el asedio a pesar de la llegada
del invierno y de la falta de medios para soportarlo, lo que volvió a diezmar
sus tropas hasta que con el nuevo año fue relevado del cargo y, humillado por
unos pastores y agricultores de Hispania, emprendió su regreso a Roma.
Si bien hubo algún
nuevo tratado de paz, lo cierto es que el abuso de los mandatarios romanos que
en su mayoría sólo pretendían regresar a Roma cargando con los laureles del
triunfo, hizo que Numancia y los bellos de Segeda se mantuvieran rebeldes hasta
que veinte años más tarde, el último de los Escipiones, Escipión Emiliano, tras
tres meses de resistencia, arrasara la ciudad. Pero esa es otra historia de la
que a lo mejor hablamos algún día.
A pesar de que
Nobilior en sus descargas de ira e impotencia se encargó de destruir y arrasar
la vacía ciudad de Segeda y de que otros Nobiliores modernos continúan a día de
hoy destrozando el patrimonio, podemos aún, si nos acercamos a la zona, ver
algunos detalles que nos marcarán su ubicación, así como restos de aquella
muralla en construcción por cuya causa el mundo entero inicia el año el día uno
de enero sin tener ni idea de ello.
jueves, 10 de diciembre de 2015
DIOS ES ESPAÑOL Y LA INMACULADA DE INFANTERÍA.
Contaba un viejo paisano mío hace ya casi 600 años, un tal Juan Alfonso de
Baena que debería de ser bastante más conocido de lo que es, que: “segund que disponen é determinadamente
afirman los filosofos é sabios antiguos, natural cosa es amar é desear é
cobdyçiar saber los ommes todos los fechos que acaesçen en todos los tienpos,
tan bien en el tienpo que es ya pasado, como en el tienpo que es presente, como
en el otro tienpo que es por venir” En
cuanto a lo del porvenir no digo yo que no, aunque sólo sea por aquello del
resultado de la lotería, pero de lo pasado, de la historia, parece que ese
“codiciar saber” ha decaído un poco en los últimos seis siglos; hasta el punto
de que ya ni siquiera sabemos el porqué de nuestros actos. Celebramos fiestas de las que ni tan siquiera conocemos el origen, simplemente es fiesta y con eso ya nos vale; no veo mucho deseo de conocimiento yo ahí, como no sea el de conocer que día no tengo que trabajar.
Trataré de aportar algo de ayuda a aquel que aún sigue las disposiciones de "los
sabios antiguos", narrando la épica historia que dio lugar a la celebración cada
8 de diciembre del día de la Inmaculada Concepción.
El día 7 de diciembre de 1585, en plena guerra de Flandes, el tercio español
comandado por el Maestre de Campo don Francisco Arias de Bobadilla fue cercado
en la isla de Bommel entre los ríos Mosa y Waal, en la actual Holanda. Sin
víveres, sin ropa de abrigo y casi enterrados en el barro helado, estaban a la
merced de la flota del almirante Holak que les rodeaba y cuya artillería no
podrían soportar mucho tiempo. Ante la evidencia, el almirante holandés hace una
propuesta de rendición honrosa a los españoles a lo que Bobadilla contesta:
“los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra, ya hablaremos de
capitulaciones después de muertos”. Ante
esta respuesta los rebeldes deciden abrir las compuertas de los canales inundando
los campos y obligando al tercio a retirarse al monte Empel, única tierra que
quedó sobre el nivel del agua. Ordenó el comandante español construir
empalizadas y zanjas, más para tumbas que para trincheras, según cuentan
comentó algún soldado. Y fue durante esos trabajos y cavando el barro con las
manos que un soldado encontró una tabla pintada con una imagen de la Inmaculada
Concepción. Bobadilla interpretó el hallazgo como una señal de protección
Divina, o siendo rápido y vivo de mente como le supongo, supo aprovechar la
oportunidad que el destino le daba para subir la moral; improvisó un altar para
la imagen, la arropó con las banderas del Tercio y arengó a sus soldados
para que combatieran por Ella diciéndoles: "¡Soldados! El hambre y el
frío nos llevan a la derrota, pero la Virgen Inmaculada viene a salvarnos.
¿Queréis que se quemen las banderas, que se inutilice la artillería y que
abordemos esta noche las galeras enemigas prometiendo a la Virgen ganarlas o
perder todos, sin quedar uno, la vida?" En medio de la desesperación, el
sufrimiento, la tristeza y la certeza de la muerte, había un rayo de ilusión y
esperanza que hizo que los cinco mil hombres que perecían en aquel montículo
gritaran al unísono: “¡Si, queremos!”
Esa misma noche se levanto un viento
frio que parecía dispuesto a acabar con las esperanzas de los españoles, pero
que con el paso de las horas y a pesar de la apertura de las compuertas hizo
que las aguas del Mosa comenzaran a helarse permitiendo que se caminara sobre
ellas. Percatados de esto los españoles y al mando del capitán Cristóbal
Lechuga comienzan el asalto a los barcos holandeses que tomados por sorpresa
caen fácilmente unos y levantan el cerco otros ante el miedo de quedar
atrapados en el hielo.
En el fuerte a orillas del rio el
temor hacía estragos en la moral de los holandeses que veían como sus naves
caían en manos españolas; convirtiéndose en una desbandada al verse ellos mismos
asaltados por unos Tercios que tras las penurias pasadas y por la rabia
acumulada durante el asedio parecían poder acabar con todo aquel que se pusiera
en su camino.
Entre aquellos que huían se
encontraba el almirante Holak quien según cuentan nos dejó la frase de aquella
batalla: “Tal parece que Dios es español
al obrar para mí tan grande milagro”
Más tarde hubo de dar explicaciones
de aquella derrota que ya se había dado por victoria y ante los argumentos de
que tan sólo eran cinco mil españoles cercados, el almirante contestó: “cinco mil españoles que eran a la vez cinco
mil infantes y cinco mil caballos ligeros y cinco mil gastadores y cinco mil
diablos”
En la mañana del día 8 de diciembre
se alcanzo la completa victoria y ese mismo día sobre el barro helado del monte de Empel, cinco mil andrajosos y hambrientos infantes celebraron misa dando gracias y por aclamación de todos ellos fue
nombrada la Inmaculada Concepción Patrona de los Tercios de Flandes e
Italia y se fundó una Cofradía con el nombre de “Soldados de la Virgen
Concebida sin Mancha” siendo Francisco Arias de Bobadilla su primer y orgulloso cofrade.
En 1644 Felipe IV declara el día 8
de diciembre fiesta de guardar en todo el imperio. Posteriormente será Carlos
III quien proclama a la Inmaculada Concepción patrona de todos sus reinos con
lo que esta fiesta se extiende a medio mundo. Y por último en 1892 es nombrada
patrona del arma de Infantería del Ejército Español.
A día de hoy y si tenemos la suerte
de poder viajar por aquellos parajes, veremos que a pesar de la humillante
derrota, los holandeses han sabido conservar la memoria y existe una pequeña
capilla que conmemora el hecho en el lugar donde ocurrió y en la que encontraremos
a la Inmaculada Concepción rodeada de banderas españolas. Lo que sí que no han
sido capaces de conseguir es, aclarar cómo pudieron congelarse las aguas del
Mosa en una sola noche hasta el punto de que se pudiera caminar sobre ellas.
Ahora y una vez saciado el deseo de conocer los hechos pasados, podrá el
que quiera celebrar la fiesta religiosa, la hazaña militar o simplemente saber
al menos el porqué de no tener que ir a la oficina.
viernes, 27 de noviembre de 2015
El GRAN ESCUDERO DE LA VEGA DEL GENIL
El 2 de Diciembre se cumplen 500 años
de la muerte de Gonzalo Fernández de Córdoba o Ferrández o incluso Hernández,
que para todos los gustos hay entre los historiadores tanto de ahora como de
entonces a la hora de dar nombre a nuestro héroe, aunque lo más lógico habría
sido Fernández de Aguilar como también aparece en documentos de la época. Sea
como fuere, Gonzalo pasó a la historia como el Gran Capitán debido a sus éxitos
militares en la península itálica y no a los de la conquista de Granada, donde
si bien tuvo un papel sin duda importante, por su cercanía a los Católicos
monarcas, habría quedado oculto en el tiempo si no fuera por lo que vino
después y gracias a la intervención de otro héroe que se perdió en las nieblas
del olvido.
¿Quién era este otro héroe?, ¿qué
hizo por nuestro Capitán? También en esto hay algunas dudas, aunque es fácil
entenderlo entre papeles con tanto polvo acumulado. Existen dos versiones de la
historia que si bien difieren poco en lo importante, sí lo hacen en algo que
estaría bien conocer, el nombre del protagonista; así que nos centraremos en
aquello que ambos historiadores o cronistas parecen dar por bueno:
En las escaramuzas producidas durante
el asedio a Granada, siendo Gonzalo uno de los capitanes al servicio del rey
Fernando, y mientras mantenía combate en la vega del rio Genil contra un grupo
de guerreros del reino Nazarí, vio que cabalgaban hacia ellos un gran número de
jinetes que reforzarían ese pequeño grupo enemigo contra el que mantenían
combate en igualdad. Pasó Gonzalo al otro lado de una acequia y se enfrento a
los moros mientras mandó a sus hombres huir diciéndoles: “Gocemos oy señores del error de los
enemigos que tan descauillados vienen y seamos capitaneados de vergÿuenza y no
de temor, que si comunicamos el ardid, no participemos el huir y nuestra huida
bolvamosla en ira y demos vuelta” Mientras todos giraban sus cabalgaduras y emprendían la huida,
Gonzalo vio cómo su caballo herido caía a tierra dejándole indefenso ante las
huestes que se acercaban. Fue entonces cuando nuestro héroe desconocido
apareció en escena. Un escudero al parecer de nombre Valenzuela para unos pero
Íñigo de Mendoza para el cronista Pérez del Pulgar, quien se recrea más en la
historia, que al ver la situación en que su capitán se encontraba, saltando a
tierra ofreció su caballo a Gonzalo diciendo: “tomad
señor este, ca de pie no vos podreys salvar lo que yo sí”. Galopaba nuestro hidalgo para alcanzar a sus
hombres camino del real cuando aún pudo ver cómo el heroico escudero era atacado
y muerto sobre la acequia.
Cuentan los cronistas, ambos en este
caso, que el bueno de Gonzalo haciendo honor al nombre que más tarde sus
hombres le darían, se interesó por conocer quién era aquel que en un acto que
no llegaba a comprender, había entregado su vida a cambio de la de su señor y
que conociendo que tenía mujer e hijos, se encargo del cuidado de todos ellos
por el resto de su vida.
Valenzuela o Íñigo de Mendoza, que lo
mismo nos da, escudero en las guerras que pusieron fin al reino de Granada,
murió en aquel año de 1.491 en una acequia inundada de las fértiles huertas del
valle del Genil con el único fin de permitirnos a todos contar con la figura de
“El Gran Capitán” que más tarde vendría. Conmemoremos los 500 años de la muerte
de Gonzalo, que sin duda fue un Gran Capitán, pero hagámoslo recordando y
agradecidos al “Gran Escudero” sin cuyo acto nada habría que recordar, pues
habría pasado a la historia como un hidalgo andaluz que murió en una acequia
del Genil.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)














